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Analistas 28/04/2026

Open Finance incomprendido

Simón Gaviria Muñoz
Exdirector de Planeación Nacional

Colombia está a punto de enfrentar una de las transformaciones más profundas de su sistema financiero; sin embargo, el debate público sigue anclado en el pasado. Mientras se discuten tasas de interés y regulación bancaria, una revolución silenciosa avanza: el open finance. No se trata de una simple tendencia tecnológica, sino de un cambio estructural en quién controla la información; en otras palabras, es un nuevo derecho para los ciudadanos.

El sistema financiero tradicional se ha construido sobre una premisa simple: los bancos son dueños de los datos. Saben cuánto gana una persona, cómo consume y cuándo se endeuda y, con base en esa información, asignan crédito. Ese control no es operativo, es estratégico: quien entiende el riesgo, entiende cómo lucrarse. El open finance rompe este monopolio. Su principio es claro: los datos financieros pertenecen al ciudadano, quien puede autorizar su uso para que distintos actores compitan por ofrecer mejores productos.

Esto ya ha ocurrido en otros países. En el Reino Unido, el open banking, precursor del open finance, obligó a los bancos a compartir datos vía APIs estandarizadas. El resultado fue una explosión de fintech que mejoró los sistemas de pagos, permitió la agregación de cuentas y amplió el acceso al crédito. En Brasil, el modelo fue más ambicioso: el Banco Central diseñó un sistema interoperable que hoy permite la portabilidad financiera casi en tiempo real, lo que ha aumentado la competencia y reducido los costos. En la India, el India Stack creó una infraestructura pública de datos que habilitó la inclusión masiva: cientos de millones de personas accedieron por primera vez a servicios financieros formales. Las lecciones son claras: donde hay datos abiertos, hay más crédito, mayor competencia y un menor costo del capital.

En Colombia, el potencial es enorme. Millones de personas están excluidas no por falta de ingresos, sino por ausencia de historial financiero. El open finance permite ampliar la definición de comportamiento financiero al incorporar pagos digitales, comercio e ingresos alternativos. De este modo, la informalidad deja de ser sinónimo de invisibilidad. Así mismo, se redefine la competencia: el crédito deja de ser un producto exclusivamente bancario y se convierte en una capa integrada en la economía. Plataformas, comercios y nuevos jugadores pueden originar crédito con mejor información y menor fricción. El sistema se vuelve más dinámico.

Sin embargo, el Estado sigue abordando este fenómeno como un asunto técnico y no estratégico. La regulación avanza lentamente, con cautela, enfocada en proteger a los actores existentes y en mitigar riesgos tradicionales. Pero el mayor riesgo es otro: quedarse atrás. El open finance no espera; se construye donde hay reglas claras, interoperabilidad y visión. Si Colombia no lidera ese proceso, terminará importándolo. Y quien controla la arquitectura controla el mercado. La decisión de fondo es simple: ¿queremos un sistema financiero cerrado que protege incumbentes o uno abierto que expande oportunidades?

En el siglo XXI, el poder financiero ya no está en los balances, sino en los datos. Y los países que entienden eso no solo modernizan su sistema financiero: redefinen su modelo de crecimiento.

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