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Analistas 07/05/2021

Resignificar para transformarnos como humanidad (1)

Más de tres millones de personas han muerto en el mundo y más de 70.000 en Colombia por la covid-19 (C19). Además de la pérdida de estas vidas, ha habido consecuencias en muchísimos ámbitos: un año de confinamientos totales y parciales que han afectado la economía y el empleo. Desde el año pasado, diversos intelectuales, educadores, organizaciones psiquiátricas y las Naciones Unidas advertían sobre diversos efectos de la pandemia. El exministro Cárdenas calcula que a cada colombiano el coronavirus le ha pasado una factura equivalente a una deuda de $23 millones.

Hace unas semanas precisamente Harari y Rusell afirmaban en el FT Weekend Digital Festival, que en el pasado las pandemias constituían una especie de desastre natural, pero hoy, en virtud a los avances de la ciencia, constituyen más bien un fracaso y desastre político. Llama la atención, eso sí, que sigamos esperando a que simplemente pase la pandemia y “volvamos a la normalidad” como si antes de esta estuviéramos haciendo bien las cosas como civilización y como si no sufriéramos sus consecuencias sociales y económicas.

Muestra de ello son las protestas recientes en el país que expresan en gran medida las enormes y graves consecuencias de la pandemia, descritas por El País de España en su editorial del 3 de mayo del 2021, en referencia a Colombia como “… una población harta, machacada y empobrecida”.
Si no resignificamos lo que está ocurriendo nos habremos “rajado” como humanidad, o lo que es peor, habremos perdido la gran oportunidad de transformar muchos ámbitos que piden a gritos cambios fundamentales; lo que Henry Thoreau llamaba en su texto Una vida sin principios: “la dicotomía entre permanecer en las formas congeladas de la sociedad civil o indagar la creación constante de nuevas perspectivas”(p.12). La pandemia es, ante todo, un llamado a cambiar el mundo y, disintiendo con el filósofo surcoreano Byung-Chul Han en la Sociedad Paliativa, a poner en perspectiva otra forma de vida.

Hoy vivimos cambios como consecuencia de la pandemia: el teletrabajo, el comercio electrónico, la educación virtual, etc. Estos cambios, sin embargo, no conducen a las grandes transformaciones que requiere el mundo. De ahí la necesidad inaplazable de comenzar ya a resignificar muchos ámbitos para transformarnos como humanidad. La prioridad es transformar el sistema económico, pues es imperioso que este se relacione de manera diferente con el medio ambiente y, a su vez, que permita un desarrollo más humano, menos desigual, más solidario, más cooperativo, menos competitivo en su base misma. Esto ha sido bien señalado por Byung-Chul Han en su concepto de sociedad del cansancio con el que enfatiza “nos matamos a realizarnos y a optimizarnos, nos machacamos a base de rendir bien y de dar buena imagen”(nd).

La pandemia ha hecho evidente la desigualdad del sistema económico mundial: el acceso y la distribución de las vacunas en el mundo es extremadamente desigual tal y como lo puso de manifiesto Greta Thumberg recientemente en un post de Facebook. En nuestro país, la pandemia ha puesto el dedo en la llaga de la pobreza y la informalidad de la economía, y el mercado laboral: las últimas cifras del Dane indican un muy preocupante y exacerbado crecimiento de la pobreza monetaria y extrema. Después de casi una década de reducción (excepto 2019 que creció un punto porcentual (pp)), en 2020, se sitúa en 42,5%, es decir, un aumento de 6,8 pp, y de 5,5 pp en la pobreza extrema que se situó en 15,1%, que en el caso de las cabeceras tuvo un aumento de 7,4pp. En otras palabras, el aumento de ambos indicadores de pobreza en el año 2020 fue mayor que la reducción que se logró desde 2012 y lo que es peor la pobreza extrema llega a niveles muy altos y nuevamente por encima de un dígito. La pandemia arrasó con más de una década de lucha contra la pobreza.

Con la informalidad laboral acontece algo similar: la tasa de informalidad, además de muy alta (49,2% en el trimestre diciembre 2020-febrero 2021 con respecto al mismo período de 2019-2020 según última medición del Dane), vuelve a aumentar (1,3 pp) y se sitúa en niveles cercanos a los de hace siete años, después de una década de casi permanente reducción. Este nivel de informalidad hace que 51% de los jefes de hogar en condición de pobreza monetaria estén en la categoría de patronos y cuenta propia, lo que explica en gran medida que el 52,4% de esos mismos jefes de hogar no estén afiliados a pensión.

Esta situación de pobreza e informalidad indica las limitaciones de la protección social colombiana, frente a un choque externo como la pandemia, lo que se traduce en el aumento de la pobreza en las ciudades, pues estas no cuentan con programas de transferencias de emergencia. Resignificar sería rescatar y transformar viejas ideas como los programas de apoyo y desarrollo de la micro y la pequeña empresa de la mano con el Sena y con un marco regulatorio para su formalización; así como promover redes de protección social a nivel territorial conjuntamente con fondos de cofinanciación creados por la Nación, con una mayor descentralización.

Estamos todos, pues, obligados a resignificar para transformar el sistema productivo, el de protección social y la informalidad y, además, a construir un nuevo contrato social. Como dijo la nobel Szymborska en su libro Poesía no completa “…Milagro adicional, como adicional es todo: lo impensable es pensable” (p.332).