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Los 40 miserables y el FMI

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Mario Mesquita Economista Jefe de Itaú Unibanco

En 1979, el francés Jean Fourastié acuñó la expresión Les Treinte Glorieuses para describir el período entre 1945-75, cuando ocurrió en Francia y en el resto del mundo un fuerte aumento de la productividad y del PIB per cápita.

Brasil también tuvo un desempeño vigoroso en ese período, con crecimiento medio de la renta per cápita de 4,5% entre 1945-80. Sin embargo, desde entonces tuvimos crecimiento débil y volátil: 1,0% anual entre 1980-2018. En lugar de acercarnos, de las economías avanzadas, nos estamos alejando. En resumen, después de los 35 gloriosos, tuvimos 40 años miserables en términos de crecimiento -a pesar de conquistas fundamentales, como el control de la inflación.

Esto es tema del nuevo libro del FMI, “Brasil: Boom, Bust, and the Road to Recovery”, una importante contribución al debate sobre nuestro fracaso económico. Para cambiar esta situación, los autores proponen una serie de iniciativas, desde aquellas de corto plazo (como la estabilización fiscal), hasta medidas más estructurales para mejorar la competitividad del país, que tienen a que ver con seis prioridades: abrir la economía, simplificar los impuestos, aumentar la eficiencia del crédito, arreglar la infraestructura, mejorar el mercado laboral y combatir la corrupción. En un estudio reciente de Itaú, estimamos que los tres primeros pilares, aliados a la reducción de la burocracia, mejorarían mucho la facilidad para hacer negocios: si Brasil se alinea a nuestros vecinos más exitosos en estos aspectos (Chile y México), podríamos subir en el ranking Doing Business de 109º a 43º, lo que podría resultar en mayor productividad y renta.

El trabajo de FMI apunta a la apertura de la economía como prerrequisito para elevar la productividad y el crecimiento a largo plazo, pues Brasil es muy cerrado: nuestro comercio exterior representa unos 25% del PIB, mientras que países como China e India lo tienen próximo a 40%. Las tarifas de importación son elevadas y hay otras barreras, como las exigencias de insumos locales – la sugerencia de los autores es que Brasil reduzca unilateralmente sus tarifas de importación – . También sugieren que se busquen negocios más allá del Mercosur y la entrada en la Ocde, algo que sería positivo porque requiere la adhesión a reglas que limitan el espacio para recaídas proteccionistas a futuro.

El Gobierno indicó que va a buscar una mayor apertura gradualmente, con iniciativas más intensas en la segunda parte del mandato, cuando la economía presumiblemente esté más robusta y la simplificación tributaria se encuentre más avanzada. La ventaja del gradualismo es minimizar impactos transicionales como, por ejemplo, sobre el mercado laboral. La desventaja es que se otorgaría más tiempo para que grupos de intereses proteccionistas trabajen contra la apertura. Es importante que, gradual o no, un proceso de apertura contemple iniciativas en materia de entrenamiento y empleo, para mitigar impactos sociales y evitar así que la iniciativa carezca de sustentación.

Por más que envuelva desafíos, abrir la economía de Brasil es imperativo. La alternativa, insistir en el modelo cerrado, no brinda razones para suponer que el período de bajo crecimiento llegará a su fin.

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