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Analistas 28/04/2022

Desigualdad y vínculos íntimos

Tener ingresos permite que hombres y mujeres sobrevivan y hagan sobrevivir a sus criaturas hasta que estas puedan hacerlo por sí mismas. Durante el último siglo ganar dinero ha modificado además las dinámicas de vinculación entre los sexos; a los hombres tener un trabajo les dio la posibilidad de acceder a una mujer con la que formar una familia, a las mujeres, la libertad de poder rechazarlo.

Con la llegada del capitalismo, al trabajo dentro del hogar se le quitó la connotación productiva que venía teniendo hasta el feudalismo y se le pasó a llamar tarea doméstica o “sus labores” -las de ellas-; trabajo solamente sería el que realizaban los hombres en la fábrica. Se vendió como aportes complementarios a la sociedad, como si ambas actividades fueran equipotentes, aportaran igual a la libertad humana, promovieran el mismo desarrollo social, intelectual, o el mismo status.

Cuando las mujeres se incorporaron al mercado laboral para generar más ingresos, no encontraron a nadie al costado que tomara el relevo de lo que venían haciendo desde antes de los primeros estados modernos. Los hombres no estuvieron de acuerdo con que tocara volver a repartir, así que nunca pudieron dejar “sus labores”, ni que dejaran de ser solamente de ellas. No es capitalismo, es patriarcado. El capitalismo requiere cuerpos explotables, laboral, económica y sexualmente; no le importa la edad ni el sexo. Es en su encuentro amoroso e ilimitado con el patriarcado donde se ponen de acuerdo en que esos cuerpos serán los de las mujeres.

Las actividades productivas forman parte de la actividad económica y tienen un precio en el mercado. Limpiar los baños, escuchar amorosamente a las personas mayores o enfermas, cambiarles la funda de la cama o prepararles sopa, regar las plantas, agendar y recordar las citas médicas. Pensar en el menú de la semana, comprarlo y cocinarlo cada día, limpiar lo que se ensucia en el proceso. Estas actividades dirigidas al mantenimiento de la unidad familiar las realizan en mayor medida las mujeres sin recibir remuneración alguna.

Que recaiga sobre ellas el sostenimiento de la vida humana es la base de la división sexual del trabajo, sobre la que se sostiene la construcción de la cultura, las instituciones y la sociedad entera; y donde se encuentra, profunda, la raíz de su discriminación. No se gesta en la empresa o en el acoso y violencia pública, sino en el espacio íntimo construido en nombre de los afectos bajo la institución del matrimonio.

El desarrollo profesional de las mujeres requiere que los hombres realicen el trabajo que les toca; el sostenimiento a la familia, su atención, cuidados, el cambio de sábanas, la dedicación a las personas mayores y la limpieza del baño. No hay mayor muestra de afecto y amor -y de eso pareciera que se trata el matrimonio- que permitirle a la persona a la que se quiere su desarrollo en libertad. Cuando los hombres no hacen la parte del trabajo doméstico que les corresponde y lo depositan en las mujeres, les están arrebatando su libertad de elegir cómo quieren que sea su vida y su dedicación a los estudios o al trabajo, abonando las ya de por sí robustas raíces del patriarcado.

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