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Arquitectura financiera internacional y minería ilegal

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La arquitectura financiera internacional en la segunda mitad del siglo XX giró alrededor del oro. Tras el final de la Segunda Guerra Mundial, las principales economías de occidente firmaron el tratado de Bretton Woods que estipulaba que Estados Unidos mantendría una tasa de cambio fija con respecto al oro y el resto de los firmantes tendría una tasa de cambio atada a la divisa americana. Mantener reservas internacionales en oro era parte esencial del juego. 

Adicionalmente, buena parte de las monedas del mundo, así no hubieran mantenido una paridad frente al dólar, tenía un respaldo metálico en las reservas de sus Bancos Centrales. No hay que remontarse muy atrás en nuestra propia historia para encontrar billetes con la leyenda “pesos oro” que resaltaban el respaldo en oro al billete en circulación. Sin embargo, tras la caída del sistema de tasas de cambio fijas en los años 70, paulatinamente los Bancos Centrales dejaron de basar su estrategia monetaria en el respaldo del metal precioso.   

A pesar de que ya no hay países cuyos Bancos Centrales tengan una paridad de sus monedas frente al oro, ha persistido la tenencia de oro por parte de estas instituciones. Las inversiones en oro por parte de autoridades monetarias nacionales acaparan cerca de la quinta parte de todo el oro extraído. Incluso, tras la crisis financiera internacional de 2007 y 2008, varios países incrementaron sus inversiones en ese activo. Rusia, China e India han duplicado sus reservas de oro en los últimos años. Otros países como México han aumentado en 17 veces la cantidad de oro en sus bodegas nacionales en el último lustro. 

Parte de la razón por la cual el oro ha vuelto a estar en el centro de las inversiones de las autoridades monetarias tiene que ver con la incertidumbre sobre el futuro del dólar y el Euro durante y tras la gran recesión. El oro se convirtió en una inversión de refugio tanto para los bancos centrales como para el sector privado. El precio del oro que había fluctuado entre US$10.000  y US$15.000 s el kilo entre principios de los 80 y mediados de la década pasada, se trepó hasta US$60.000 hace dos años, y hoy en día ronda los US$45.000 por kilo. 

No hay que ser muy perspicaz para notar que el auge de la minería ilegal-que no es un fenómeno que afecte sólo a Colombia, sino a buena parte del mundo en desarrollo y de los países pobres-está impulsado por sus altos precios. La minería ilegal del siglo XXI no tiene en absoluto las connotaciones de la de hace un par de siglos-con pequeños mineros armados con una pica buscando la piedra que los saque de la pobreza. La minería ilegal de hoy en día es una verdadera arma de destrucción masiva con enormes dragas, combustibles, explosivos, abundante uso de químicos que arrasan en poco tiempo extensas zonas y estrechos vínculos con el crimen organizado. 

Así tenemos un mercado financiero internacional encabezado por los Bancos Centrales empujando el precio de un activo que ya no es esencial para el funcionamiento de la política monetaria. A su vez ese precio es el combustible de una tragedia ambiental con ramificaciones sobre la institucionalidad y el crimen en docenas de países que no parará mientras resulte tan rentable. La batalla policial contra esa minería ilegal tendrá una eficacia que nos recordará la de las aspersiones como estrategia para acabar con la oferta de drogas ilícitas. 

Es hora de pensar en un gran acuerdo internacional para que los Bancos Centrales y las instituciones multilaterales (el FMI tiene reservas en oro avaluadas en US$113.000 millones) se retiren del negocio del oro. Hoy en día es tan perverso que esas instituciones tengan parte de sus reservas en oro como lo sería si las tuvieran en marfil. La pelea no será fácil-están de por medio los intereses de mineras internacionales de fiesta con los altos precios-pero hay que empezar a darla. 

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