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Pesimismo

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Luis Guillermo Vélez Cabrera - lgvelezcabrera@gmail.com

Hablemos a calzón quitao: existe un pesimismo creciente sobre la situación del país en buena parte de la población colombiana y, en particular, entre los empresarios. Esto es evidente en las conversaciones de coctel -donde despotricar de lo divino y lo humano está bien visto- pero también, y aún más diciente, en las cifras económicas.

Lo cierto es que la economía no despega. El anímico 2-3% de crecimiento no es suficiente para continuar con la disminución de la pobreza (como lo reflejan los últimos datos) y el ambiente de inversión parece empeorar en casi todos los sectores. La construcción nada que arranca con fuerza, el agro sigue postrado, la industria va algo mejor pero no mucho, el sector minero-energético y el de infraestructura no tienen seguridad jurídica y los servicios están magullados por la carga fiscal.

Es difícil saber qué vino primero, si el huevo del pesimismo o la gallina del bajo crecimiento, quizás fue al revés, pero lo cierto es que, a esta altura, el ciclo negativo se está reforzando de manera peligrosa. ¿Cómo se puede romper?

Una de las causas es el entorno internacional. Latinoamérica en este momento es el patito feo de la economía global y los nubarrones políticos son cada vez más negros. La incertidumbre de AMLO, la hostilidad de Trump, el potencial regreso de los Kirchner, la inexperiencia de Bolsonaro, los cuatro presidentes sobornados del Perú y, por supuesto, el cáncer de Venezuela, ponen al vecindario en alerta roja. Hasta que no se despejen estas tormentas, la región no levantará cabeza.

Sin embargo, la calentura no está en las sábanas. En Colombia la polarización política aumenta día a día. El anterior gobierno sufrió una oposición de mula cerrera y este está recibiendo una dosis igual. Esto hace que generar consensos sea muy difícil, como queda claro de los agrios debates alrededor del PND y de la JEP. Si bien el resquebrajamiento del discurso público es un fenómeno global, en Colombia la ruptura de las élites siempre ha llevado al caos y a la violencia.

Y esto, tal vez, es lo que verdaderamente está contaminando el ambiente. Los inversionistas perciben que la clase dirigente está enfrascada en pequeñas e interminables rencillas, ahora magnificadas ad infinitum por las redes sociales. Esta peleadera constante imposibilita la discusión e implementación de soluciones a los problemas nacionales, que muchas veces son reales, como la bomba pensional, o inventados para generar titulares de prensa, como Hidroituango, Isagen o Reficar.

Si el gobierno quiere restablecer la confianza de los inversionistas -que es la única manera de lograr el crecimiento económico- debe con urgencia mejorar el ambiente político. Esta en sus manos. Solo el liderazgo presidencial puede desactivar las actuales confrontaciones, algunas de su propia creación. Fue hablando, y no pelando cual verduleros de plaza de mercado, como la clase dirigente nacional logró superar muchos de los problemas de las últimas décadas que no quisiéramos nunca repetir.

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