Como nunca en su historia reciente, el país está afrontando cuatro crisis simultáneas: la sanitaria generada por el covid-19, que no parece menguar; la económica, disparada por las medidas restrictivas para afrontar la pandemia; la de seguridad, producto del descuido en el desarrollo de los acuerdos de paz, y la ambiental, que es la primera gran cuenta de cobro por el calentamiento del planeta.

Esta tormenta perfecta nos agarra con una crisis de liderazgo pasmosa. Los partidos políticos tullidos por el clientelismo; el partido de gobierno, disfrutando de burocracia, pero avergonzado de su presidente; las cortes, desprestigiadas; las fuerzas militares y la policía, carcomidas por la mediocridad; el empresariado, temeroso; los medios de comunicación, abrumados por el mundo digital, y el ejecutivo, el llamado a marcar la pauta en las decisiones, sin iniciativa y paralizado como los venados cuando los encandelillan a la vera del camino.

Vamos una por una. En cuanto a la pandemia, ya va quedando claro que las medidas que se tomaron a principios del año fueron exageradas y que la pelea entre la alcaldesa de Bogotá y el Gobierno Nacional acabó desgastando a los dos. El sistema de salud ha respondido, pero ahora se viene el reto de administrar el suministro de vacunas y de responder a la segunda ola. Más peleas, enredos en la distribución de la vacuna o nuevos cierres improvisados pueden agravar la situación.

Lo que me lleva al segundo tema. Los políticos (sobre todo en la izquierda) plantearon el falso dilema entre salud y economía. Ahora acabamos sin salud y sin economía. El impacto real de la crisis se verá el año entrante y el Gobierno sigue promulgando tímidas propuestas de recuperación. Las inversiones en infraestructura y en vivienda son las que venían del gobierno pasado -lo cual está muy bien- pero las circunstancias ameritan mayor creatividad en las soluciones. ¿Dónde están las grandes reformas a favor de la competitividad?

La crisis de seguridad es producto de una profecía que se auto cumplió. Al desconocer el proceso de paz -que había reducido las cifras de crimen a sus menores niveles en 40 años- y torpedear su implementación (salvo los loables esfuerzos del doctor Archila) se tuvo como resultado un rebrote de la violencia. Es una verdadera tragedia que para la derecha colombiana sea necesario insistir en el espantapájaros de las Farc para tener discurso de campaña.

Finalmente, esta el tema ambiental. Huracanes, inundaciones, deslizamientos, todo esto es producto del cambio climático. Eso ya lo sabíamos y para su manejo se había creado en el gobierno Santos una nueva institucionalidad que parece perdida en la nebulosa del espejo retrovisor.

Cualquiera de estas crisis es suficiente para provocar un cambio político mayúsculo. Con cuatro ocurriendo al tiempo, la posibilidad de un viraje no solo se aumenta, sino que se vuelve inevitable. Sí, ojo con el 2022, no para seguir haciendo lo que se ha hecho hasta ahora sino para darle al país un nuevo rumbo.