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El retorno del ugly american

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Todo indica que el incidente de la cancelación de las visas a magistrados y parlamentarios es una nueva herramienta en el arsenal diplomático de los Estados Unidos. Antes la práctica se reservaba para criminales y enemigos confesos de ese país -algo obvio- pero ahora parece que basta con saludar mal a la señora del agregado militar de aviación en un coctel para que el paseo a Disney con los nietos se dañe de por vida.

Esto es el retorno del “ugly american”, un término que se puso de moda a principios de los años sesenta y que hace referencia a una novela homónima, donde los protagonistas son diplomáticos de Estados Unidos cuyo comportamiento insensible a la cultura, lengua, costumbres e intereses locales hace que fracasen una y otra vez, mientras que sus pares soviéticos, sagaces y afables, se compenetran con los círculos de poder del país y triunfan en sus propósitos.

La práctica de quitar visas por cancelar un almuerzo con seguridad que desagrada a muchos de los funcionarios veteranos del Departamento de Estado, quienes saben perfectamente que este tipo de tácticas de arrabal a la larga crean más problemas de los que resuelven. Desde que se implantó la doctrina del respice polum hace cien años, Colombia ha sido el aliado más confiable de los Estados Unidos en la región y el caso colombiano (Plan Colombia, proceso de paz, TLC, etc.) es uno de los pocos casos de éxito de la diplomacia gringa en los últimos tiempos.

Sin embargo, me temo que de nada servirá decir que esta relación especial, de beneficio mutuo, se puede deteriorar con estas acciones. Lo mismo están diciendo los europeos, los británicos y los mexicanos. La escuela de relaciones internacionales que comparte Donald Trump no es la de la élite liberal que ganó la Guerra Fría, sino la que aprendió en el mundillo cuatrero de los constructores de vivienda en Queens, donde el más vivo y el más fuerte es quien triunfa. El mundo de Trump no es de gana-ganas. Es de te gano o me jodiste.

Esta política de las cañoneras del siglo XXI es contraproducente. Además de alimentar el antiyanquismo, algo que en Colombia hasta ahora se circunscribe a círculos de la izquierda, indispone a muchos sectores del establecimiento que son necesarios para implementar las políticas de interés común entre ambos países.

No ve uno como se pueda tener una política férrea frente a la dictadura venezolana sin el apoyo del Congreso de la República, por ejemplo. Lo mismo ocurre con las Cortes, fundamentales para restablecer el necesario, aunque desagradable, programa de fumigación aérea con glifosato y para validar la extradición. Ambas instituciones perciben, con o sin razón, que el ejecutivo es cómplice de los Estados Unidos en este matoneo y le pagarán con la misma moneda.

Sea como sea, sobre el affaire de las visas se puede decir lo que dijo Talleyrand, uno de los diplomáticos más célebres de historia, cuando se enteró del asesinato del Duque de Enghien, ordenado por Napoleón: esto es peor que un crimen, es un error.

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