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Analistas 23/11/2021

Vacunas, retorno y educación

Luis Fernando Vargas-Alzate
Profesor asociado de la Universidad Eafit

Todavía hoy, a 20 meses de la declaratoria por parte de la OMS, la pandemia sigue dando mucho de qué hablar. Con alrededor de 258 millones de casos de contagio comprobado en el mundo y de unas cinco millones ciento cincuenta mil muertes, la pandemia sigue bien activa, aunque algo controlada con los programas de vacunación que se han desplegado por todo el mundo.

Lo relevante es que aún con pandemia, muchas sociedades empiezan a evidenciar que están dadas las condiciones para avanzar en procura de la reactivación de unos estándares de vida en sociedad relativamente cercanos a lo que se tuvo antes del fenómeno. En tal sentido, Colombia es uno de los casos en los que se propone, por parte de diversos actores, instituciones y organizaciones, trabajar juntos para dicho retorno. Tal vez el más receloso de esos actores resulta ser el Gobierno Nacional, desde donde se toma con excesiva cautela y cuidado un referente analítico que permita decidir, con el mayor acierto posible o, por lo menos, sin situaciones indeseables.

Lo paradójico aparece cuando las vicisitudes expuestas por las instancias gubernamentales se cruzan con su firmeza frente al rol que ocupan abasteciendo al país de dosis para las campañas de vacunación, pero que cientos de miles de personas han evadido de manera irresponsable. Partiendo de cualquier creencia, este grupo poblacional le ha hecho el quite a la aplicación de las dosis que los proteja tanto de agravarse como de morir, pero su único logro ha sido ralentizar la reactivación, el retorno a la vida en sociedad y las posibilidades de volver a compartir en espacios de convivencia, trabajo, educación, esparcimiento y diversión.

De acuerdo con MinSalud, con más de 53,18 millones de dosis aplicadas (las cuales han protegido a 23,41 millones de personas con esquema completo), el país se encuentra con el 46% de la población vacunada, por encima del promedio mundial (42%). Esto, afortunadamente ha servido para avanzar en los frentes de las reactivación económica y social. Uno de esos frentes, que por cierto ha llevado a Colombia a frustrar avances importantes alcanzados y consolidados hasta 2019, es el de la educación.

Ya en el país se está de vuelta a la presencialidad en casi el 100% de las actividades y, una vez se determine el final de los aforos y las restricciones obligadas por la emergencia sanitaria (de la misma manera como se ha hecho en otros sectores), en el campo de la educación habrá que redoblar esfuerzos, en todos sus niveles, para retornar pronto a los procesos y niveles anteriores a la pandemia.

En general, el sector educativo sufrió profundamente con la ausencia de profesores, estudiantes, directivos y personal de apoyo de las diversas instituciones. No hubo nivel que pudiera evadir los funestos efectos y a todos corresponderá analizar cuidadosamente cómo enfrentar el anhelado regreso.

Precisamente uno de los retos más grandes es que aún pareciera no ser un ansiado retorno para todos los involucrados; aunque esto termine evidenciándose más para el caso de muchos estudiantes, y más aún para los de la educación superior.

Después de haberse acomodado en un modelo de muy baja exigencia (forzado por las circunstancias), de grandes facilidades para evadir la responsabilidad que implica dar fe de lo asimilado, de evitar dar la cara y que se oyera su voz, de llegar al punto de quererse burlar de sus profesores con las excusas más inverosímiles, a un grupo nada despreciable de estudiantes le va a costar un gran esfuerzo el retorno.

Sobre todo, habrá jóvenes a quienes les generará malestar que se les vuelva a exigir a partir de normas claras en pactos pedagógicos establecidos, y de nuevo volverá a estar en manos de los profesores que estas personas abracen la causa de hacerse profesionales competentes. El reto que asoma con el regreso a la presencialidad plena en las universidades es gigante.