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Nuevo perfil internacional del país

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Luis Fernando Vargas-Alzate

En una decisión unilateral, el Presidente estadounidense encasilló a Colombia en la categoría de país perteneciente a “las grandes ligas” del desarrollo. Esa sería la frase que mejor resume el objetivo trazado por el presidente Santos una década atrás, cuando delineó su ejercicio en lo que al desempeño internacional se refería. Haberse graduado con honores en el grupo de las economías emergentes de buen comportamiento macroeconómico y haber logrado el ingreso a la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (Ocde), se convirtieron en dos de los ítems claves para que ahora al país le entiendan diferente en la arena internacional.

El gradual ascenso evidenciado en Colombia, fundamentalmente asociado a sus variables macroeconómicas, le catapultó al punto de excluirle de un listado de países al que todavía pertenece en la práctica, pero que para sus pares (fundamentalmente los que deciden qué nación se encuentra en desarrollo y cuales ya superaron los mínimos establecidos para alcanzarlo) ya no se localiza en ese nivel.

La administración Trump se pronunció sobre Colombia, excluyéndole de la categoría de nación en desarrollo. A partir de la revisión de su producto interno bruto per cápita (que, por cierto, no está por encima del umbral para considerar a una nación como desarrollada), de su ejercicio internacional en materia comercial, del bajón en la dependencia de los flujos de cooperación internacional para sus programas internos y, el aspecto más influyente quizá, de su reciente adhesión a la Ocde, ese gobierno incluyó a Colombia en el grupo de los que ya no necesitan de sus preferencias y beneficios, por lo menos, en materia comercial.

Dadas esas circunstancias, resulta oportuno detenerse en la lectura de lo que ha representado el cambio de rumbo internacional del país, cuando se optó por insertarse en los foros tipo Ocde y en un diálogo más directo con actores de un relativo alto peso en el sistema multilateral. Ese movimiento ha resultado contraproducente para algunos y de muy bajos resultados para otros.

Algo claro desde que se estableció el multilateralismo tiene que ver con la pertinencia de constituir relaciones con países que puedan forzar cambios positivos y que demanden el seguimiento y aceptación de políticas y directrices de mayor calidad a las que se tienen. En tal sentido, ingresar a la Ocde siempre será positivo. Lo que puede no ser tan beneficioso, es ingresar al foro internacional sin tener establecida la manera como se actuará en él, pero, sobre todo, sin determinar el alcance de tal participación. Eso parece ser lo que empieza a visualizarse en el caso colombiano.

Se pasó de un fenómeno bastante mediático a uno casi olvidado. Y, claramente, ese cambio resulta reprochable, pues haber llegado allí mereció una sumatoria de esfuerzos, reformas y ajustes institucionales que debe servirle al país para proseguir por una ruta que favorezca su avance como nación.

De manera particular, aunque la medida que se citó al inicio de este texto ubica a Colombia en un horizonte que no es el de “país en vía de desarrollo”, el mismo presidente Trump ha insistido en que el Congreso autorice una suma de unos US$400 millones para “apoyar y fortalecer el desarrollo y otros programas de corte social en Colombia”. Esa contradicción lo único que demuestra es que poco se ha avanzado en la materia y que, aunque inicialmente se haya excluido a Colombia del grupo de países en desarrollo, se le sigue viendo igual de rezagado que antes.

Así, hasta ahora, ni el ingreso a la Ocde, ni el papel un tanto dinámico en el comercio mundial, como tampoco un relativo aumento en el PIB per cápita, han hecho que Colombia se ubique en mejor posición. Los más de 50 millones de colombianos nos encontramos en medio del dilema que significa para nuestra sociedad ser denominado país desarrollado sin serlo. Ese es hoy un gran problema de identidad.

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