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Curioso eso del fútbol

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A propósito de la fiesta futbolera que representa la Copa del Mundo Rusia 2018, se ocurre en estas líneas intentar una lectura del desempeño de las selecciones de los países participantes en el evento internacional y asociarla a la naturaleza de sus estados y gobiernos. Quizá resulte un ejercicio de algún interés, si se considera cuidadosamente su papel en el escenario internacional.

A Rusia llegaron delegaciones de 32 países. Algunas de ellas muy prestigiosas y reconocidas, a las que las apuestas les asignaban el mejor de los lugares en la competencia; otras no tan afamadas, aunque con interesantes expectativas; y algunas de ellas, solo con leves esperanzas de figuración.

En el grupo de las primeras, a las que se les esperaba en esta última fase de las semifinales, se encontraban Alemania, Portugal, España, Brasil, Francia, Argentina, Bélgica y Polonia. Ese G-8 incluyó a las naciones favoritas para quedarse con la Copa. Hoy, como se sabe, solo Francia y Bélgica, con notable desempeño cuentan con tal posibilidad.

En el segundo grupo figuraron selecciones como Uruguay, Croacia, Nigeria, Suiza, México, Suecia, Inglaterra, Colombia y Senegal. En ellas no hubo claridad frente al papel protagónico que pudiesen alcanzar, pero sí diversas reservas de lograr algo importante en la competencia. De ese grupo, han sobresalido Croacia e Inglaterra, actualmente semifinalistas, y que esta semana definirán su paso a la gran final del torneo.

Finalmente, del tercer grupo de conjuntos sin expectativas, se recuerda a las selecciones de Rusia, Egipto, Arabia Saudí, Marruecos, Irán, Australia, Perú, Dinamarca, Islandia, Costa Rica, Serbia, Corea, Panamá, Túnez y Japón.

Claramente todos esos seleccionados cumplieron con ese rol de débiles, unos más que otros, tal como aconteció con Panamá, que ocupa hoy la última posición de la competición. Pero, ¿cómo relacionar este asunto deportivo con las realidades del sistema internacional de Estados? En realidad, no existe una lógica para ello, pero sí hay algunos asuntos curiosos.

En relación con los seleccionados fuertes, se presentó un resultado inesperado para la nación de Ángela Merkel. Alemania fracasó por completo, quizá como ha sido norma en los últimos años en los que ha intentado un liderazgo claro frente al papel de los Estados Unidos y China en materia económica y geopolítica.

Obviamente, lo uno no tiene que ver con lo otro, pero esa coincidencia ha constatado el mal tiempo que pasa en lo que tiene relación con el liderazgo de la Unión Europea.

Particularmente, esto contrasta con el papel protagónico que hasta ahora han mostrado Francia y Bélgica. Y si quisiera llevarse al terreno de las dinámicas internacionales, entonces, coincidiría con el hecho de que han sido más acertadas muchas de las salidas y propuestas planteadas desde Bruselas y París a las coyunturas internacionales, que las presentadas por Berlín. Igual, son simples coincidencias, pero aparecen como una foto de lo que realmente sucede.

También ha pasado algo así con Brasil y Rusia. La nación suramericana ha decaído tanto a nivel internacional, luego de la destitución de Dilma Rousseff, que no es descabellado relacionarlo con su nuevo fracaso en materia futbolera.

Se quedó en los cuartos de final, a manos de los belgas. Entonces, se aprecia a un Brasil decadente en contraste con una Rusia envalentonada que lastimosamente quedó por fuera de las semifinales al desperdiciar los tiros desde los doce pasos. Los penaltis, de la misma manera que las sanciones internacionales, han excluido a la nación de Putin de un mejor desempeño.

También en esta particular lectura aparece Colombia. Un Estado que ha avanzado internacionalmente, pero que todavía es lo suficientemente temeroso como para que los árbitros decidan su suerte. En el sistema internacional todavía carece de solidez en sus posiciones, y es por eso que aún se duda que pueda ser protagonista global.

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