El mundo llora a Maradona, pero por Pambelé apenas gimen sus hijos y su esposa. Así es la historia, porque no todos los caminos conducen a Roma. Maradona hacía magia con los pies y Pambelé destrozaba todo con las manos. Uno y otro, en campos distintos, se reservaron un puesto en el Olimpo, así ambos tuvieran que conocer el infierno en vivo y en directo.

Dos vidas paralelas que se encuentran al final en el mismo punto: la tragedia de las drogas. Un mundo de excesos. Buenos y no tanto. Maradona era una máquina de ingenio y de poesía pegada a sus pies. Pambelé escribía epopeyas en la cuadrícula de un ring. Al mismo tiempo, ambos eran capaces de, con la magia de los genios, protagonizar las escenas más dantescas de los malos excesos, esos que viajan tan rápido como las piernas del 10 y las manos del negro, haciendo estragos en lo que antes era gloria.

Maradona recibió, quizás, tantos golpes como Pambelé, pero ni uno ni otro lograron esquivar el más peligroso, rastrero y traicionero: la fama, esa cruz invisible que se nutre de la adulación, el reconocimiento y el dinero, pero que también se vuelve hierro caliente en la soledad y las tinieblas de las adicciones.

Maradona se ha ido, pero Pambelé seguirá muerto en vida, como ha estado desde que se bajó del ring alucinando con la gloria que lo condenó al infierno y, pero, el infierno que ambos convirtieron su gloria.

Aun así, en la tragicomedia de la vida, Maradona tuvo más suerte que Pambelé. No solo porque jugar al fútbol siempre será mejor que recibir golpes, sino porque la misma sociedad pone a cada uno en su sitio.

Hasta el final de sus días, Maradona se paseó por todos los estadios del mundo con su aureola de rey y la gente se rendía a sus pies con la misma resignación de sus rivales. Los ingleses saben de qué hablo.

Pambelé, por el contrario, acudía a los estadios, no para ser homenajeado, sino para rendirse a los pies de quienes, por cariño o lástima, le daban una moneda y volteaban la cara con la misma intención de sus rivales: escapar de la tragedia que contienen sus demoledores golpes.

Maradona gambetea ahora hacia el más, pero Pambelé sigue dando vueltas sin encontrar la ruta, grogui, sonámbulo, ya no por cuenta de los golpes de sus rivales, sino por los que les sigue dando la vida por fuera del cuadrilátero.

Con Maradona y Pambelé, como pasa con muchos otros, se comprueba que tras las luces y las serpentinas de la fama se esconden los monstruos de una infancia llena de carencias y abandonos. Historias inacabadas de un mundo lleno de ídolos de barro que, por distintas vías, se encuentran para cantar juntos una estrofa del tango que alguna vez le dedicaron a Maradona, pero le sale también a Pambelé: Volver…

… “Volver con la frente marchita,
las nieves del tiempo platearon mi sien,
sentir que es un soplo la vida,
que 20 años no es nada,
que febril la mirada, errante en la sombra,
te busca y te nombra…”.