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Tribuna Universitaria 16/04/2021

¿Quién representa a niñas y niños?

Lucas Marín Llanes
Estudiante

No hay dudas en que el grupo más afectado por la pandemia son las niñas, niños y jóvenes por el cierre de las instituciones educativas. A pesar de los esfuerzos por mantener la educación virtual, se ha estimado que el cierre de los colegios (7 meses) generaría una pérdida en América Latina de US$1 trillón. El cierre ha afectado en mayor medida a las niñas y niños más vulnerables. Por un lado, el acceso a herramientas tecnológicas es limitado en la mayoría de los contextos. Por el otro, el acompañamiento de los colegios en la formación de los estudiantes se ha perdido, el cual es más importante en los estudiantes con menos oportunidades.

Recientemente, Sandra García reveló que los estudiantes más vulnerables en América Latina reciben menos apoyo parental que los más privilegiados. Este apoyo es compensado por los profesores. Según los datos de la Ocde, los estudiantes del primer quintil de ingresos perciben mayor apoyo por parte de los profesores que los del quintil superior. Así, el cierre de los colegios afecta desproporcionalmente a los estudiantes vulnerables porque limita su aprendizaje y el apoyo docente.

La discusión sobre la reapertura es fundamental para mitigar estas consecuencias adversas en el desarrollo de las niñas y niños. Es verdad que en algunos colegios no se cuenta con la infraestructura necesaria para la reapertura. Sin embargo, esto no es cierto para la mayoría de las instituciones; por ejemplo, el 80% tiene acceso directo al agua. Por lo tanto, la calidad de la infraestructura no es una limitación para reabrir los colegios en la mayoría de los casos. A pesar de la amplia evidencia sobre el bajo riesgo epidemiológico que implica la reapertura, para que esto ocurra es necesario que el sindicato de maestros se comprometa con la educación de las niñas y niños.

Esta crisis ha evidenciado un problema estructural sobre la subrepresentación que tienen las niñas y niños. Los costos en aprendizaje y socioemocionales que van a asumir se explican por el poder político de un grupo de interés. De manera estructural, en múltiples decisiones de diseño de políticas o de gasto público, este grupo es rara vez priorizado porque no tiene grupos de interés organizados que lo represente. Adicionalmente, para los políticos las niñas y niños no son un nicho electoralmente rentable puesto que no tienen derecho a votar. Por ejemplo, la academia ha estudiado ampliamente los beneficios que tiene invertir en la primera infancia porque es el momento en el que se desarrolla la capacidad cognitiva de las personas. A pesar de esta evidencia, los programas de primera infancia no cuentan con los mismos recursos que la educación superior pública, pese que a sus beneficios sociales son menores que los de la primera infancia. Lo que si tiene la educación superior es estudiantes que votan y organizaciones con la capacidad de presionar a los gobiernos.

Así, es claro que la representación de las niñas y niños no es un problema actual. Por el contrario, lo que ha hecho la pandemia es resaltar esa asimetría en la distribución del poder. Pese a su falta de representación, tanto la inversión como las intervenciones deben estar dirigidas a los estudiantes más jóvenes, especialmente durante la primera infancia, y a los más vulnerables. Para esto, se necesitan representantes y grupos de interés con compromiso político que sobrepongan el bienestar de las niñas y niños a las cuentas electorales.