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Analistas 19/02/2026

El febrero en el que Córdoba retrocedió 20 años

Juliana Habib
Periodista
La República Más

Nací en la cuna del porro sinuano, del sombrero “vueltiao”, jugando en la tierra fértil y asomándome a la orilla del río Sinú cada vez que el sol atardecía con la llegada de los areneros. Por cierto, una de las labores más fuertes que conozco.

Bordeando el río está Montería, la ciudad donde crecí al lado de una numerosa familia de nueve mujeres con carácter: mis tías, las Corrales. Fueron años en los que me enamoré de esta tierra que, aunque pequeña en su urbanidad, en la ruralidad es un inmenso y productivo valle.

Siendo muy niña, mi familia decidió mudarse al exterior en busca de nuevos horizontes. Aunque la distancia era grande y yo apenas entendía el cambio, nuestras raíces siempre nos seguían llamando; por eso regresamos.

A los 18 años salí nuevamente del país para perfeccionar el inglés. Cada vez que conocía a alguien de otra cultura, mi momento favorito era cuando me preguntaban si era de Córdoba, Argentina, y yo, con una sonrisa llena de orgullo, respondía: no, soy de Colombia.

Con el tiempo regresé a mi tierra, encontrándola más fuerte y próspera. Mientras otros en el país hablaban del campo con atraso, nosotros hablábamos de futuro con oportunidades.

Más de dos millones de cabezas de ganado pastaban en nuestras sabanas. Los pastizales no eran símbolo de supervivencia, sino de abundancia.

El maíz no era promesa: era cosecha.
El arroz no era esperanza: era industria.
Las fincas crecían.
Las carreteras conectaban.

Yo no crecí viendo cómo el departamento de Córdoba retrocedía. Crecí viendo cómo avanzaba.
Con dolor partí una vez más, en esta ocasión a la capital, Bogotá, para perseguir mis dos grandes sueños: ser reina y periodista, enfrentando cada desafío con la ilusión y la pasión de quien sabe lo que quiere.

En algunas ocasiones me topaba con personas que no sabían que existía mi departamento, y otras que se entretenían bromeando con mi acento o diciendo “eche” sin tener idea de cómo usarlo. Era un poco frustrante, pero a la vez divertido; parecía que mi manera de hablar era un pequeño misterio internacional que todos querían descifrar.

Cumpliendo mis sueños, tuve la oportunidad de representar a mi departamento en el Concurso Nacional de Belleza y me propuse recorrer sus 30 municipios para reencontrarme con mis raíces y conocer de cerca todo lo que nos define como cordobeses.

Pude admirar no solo las impresionantes artesanías de los indígenas zenú, reconocidas hoy en todo el mundo, sino también su proceso creativo.

Degusté la mejor comida árabe en Cereté y recordé que Santa Cruz de Lorica guarda la huella de miles de árabes que migraron allí buscando refugio.

Disfruté de las playas de Moñitos, viví la alegría del Festival del Porro en San Pelayo y me encontré con la imponente hidroeléctrica de Urrá, custodiada por la etnia indígena embera, que define la fuerza y la riqueza de nuestra tierra.

Años después, tuve la oportunidad de ir a Vietnam a representar a Colombia y, aunque variada, diversa y con tantas historias por contar, yo escogí la que más me gustaba: la de Córdoba.
Como periodista, mi otro sueño logrado, he recorrido el país descubriendo su música, sus bailes y su gente, y en ese viaje interminable dejé de visitar mi hogar, ese lugar que siempre me espera.

El seis de febrero de 2026, día en que la lluvia llegó a Córdoba, primero como un susurro y luego como un rugido que abrazó la tierra.

Los ríos, llenos de memoria, rompieron sus orillas y los caminos se volvieron espejos de agua.
Diecisiete municipios despertaron bajo el mismo cielo gris y la calamidad se hizo visible en cada casa y en cada calle, recordándonos la fuerza imparable de la naturaleza.

Sin pensarlo dos veces, tomé el primer vuelo hacia mi casa. Al llegar, encontré un paisaje lamentable: más de 150.000 personas afectadas, cerca de 80% del territorio bajo el agua y 50.000 familias que veían cómo la corriente se llevaba sus casas.

Las calles eran ríos; las personas se resistían a salir; niños lloraban y mujeres embarazadas buscaban cobijo, y la tierra ganadera vio morir miles de reses. No fue solo una inundación: fue mirar con dolor esas mismas calles de mi infancia, cubiertas por un agua que no pedía permiso.

Fue entender que el progreso también puede ahogarse.

El agua no solo borró caminos: borró certezas y borró sueños.
Mi misión era informar a Colombia lo que sucedía y, en medio de la catástrofe, caminaba con mis botas pantaneras, con el miedo de pisar una alcantarilla abierta y encontrar historias que tocaran mi corazón, como la del señor de 80 años que cada día ayudaba a otros ancianos de su barrio cargando agua y alimentos, o la madre que no solo salvó a su familia, sino también a sus siete gallinas, asegurándose de que nadie quedara atrás.

Aunque la tragedia golpeó con fuerza, los cordobeses afectados demostraron ser personas sin límites, pujantes, resilientes y llenas de esperanza.

En medio de todo, nació un espíritu de solidaridad: empresas y miles de colombianos se unieron para donar toneladas de agua, kits de aseo, mercados de alimentos, colchones y tantas cosas que, aunque pocas para la dimensión de la tragedia, fueron significativas para cada uno de los damnificados.
Y justo cuando tomaba un vuelo de regreso a mi otra realidad, entendí que, aunque largo sea el camino de reconstrucción, juntos podemos superar cualquier obstáculo, como lo dice nuestro himno cordobés:
¡Contigo, sobre el yunque!
¡Contigo hasta triunfar!

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