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Analistas 29/10/2021

El juego del calamar de Otoniel

Bastante revuelo ha causado la serie de Netflix, El juego del calamar, tanto por sus cifras, que en lo financiero son irrebatibles, un retorno cercano a US$40 por cada dólar invertido en la serie, como en las situaciones económicas, sociales, de salud mental y financieras que reflejan cada uno de los participantes de la misma. Esta producción presenta una simulación de la posible realidad surcoreana, donde la gente está dispuesta a todo por conseguir dinero. Estas producciones logran tal éxito, en especial por el caldo de cultivo que genera el deterioro de una sociedad, la desigualdad, la ambición, el crimen y la falta de oportunidades.

Siento particularmente que el mundo experimenta una enfermedad prevalente como la desigualdad, según la Organización de Naciones Unidas, cerca de 820 millones de personas en el mundo sufren de hambre, es decir, una de cada nueve. Esta cifra puede explicarse fundamentalmente por la desigualdad en el ingreso y, a juicio de diferentes expertos, por la disparidad en el acceso a la tierra, al capital, al crédito y a servicios públicos; así como a la salud y a la educación.

Pese a los esfuerzos, Colombia sigue siendo el principal productor de cocaína del mundo, con cerca de 143.000 hectáreas sembradas con corte a 2020, según el índice de paz global 2020, es uno de los 20 países mas violentos del mundo, al tiempo que tiene 21 millones de personas en situación de pobreza, cerca de 30 millones de colombianos acceden a agua no potable y estamos dentro de los 20 países más desiguales del mundo. Es precisamente todas estas realidades las que crean un caldo de cultivo para que narcotraficantes como Otoniel, máximo cabecilla del clan del golfo y capturado el fin de semana anterior, recreen el juego del calamar a la colombiana. Esto es, encontrar en la desigualdad y la falta de oportunidades, el vehículo natural para involucrar a múltiples actores de la sociedad (en especial jóvenes) en actividades al margen de la ley, microtráfico, extorsión, sicariato, minería ilegal, desplazamiento, crímenes a líderes sociales, entre muchos otros.

La fórmula de Otoniel y de otros bandidos para crear su propio juego ha sido básica; en primer lugar, establecerse en corredores estratégicos, particular- mente en sitios con salidas a los océanos, y en segundo lugar, en territorios donde su población está en gran medida abandonada por el Estado, carentes de las dotaciones básicas en lo económico como en lo social. Tal cual como sucede en la serie de Netflix, las problemáticas económicas y sociales combinadas con la manipulación y el amedrentamiento para imponer las reglas del juego logran su cometido; que los habitantes del territorio, decidan participar de este y, en otros casos, que muchos guarden silencio para conservar su vida.

La trama de la serie inicia por cautivar a esa población en dificultad con dinero y una promesa de resolver todos los problemas que esas personas enfrentan. Es de esa misma forma que bandidos como Otoniel han construido su imperio, aprovechándose de las carencias y las dificultades que los colombianos a diario enfrentan. A los jóvenes los han convertido en máquinas de guerra endulzándolos con dinero y convirtiéndolos en consumidores de droga; al medio ambiente lo han intentado doblegar con el uso intensivo de mercurio y minería a cielo abierto; a comerciantes y empresarios los extorsionan exigiendo el pago de vacunas, al tiempo que les otorgan créditos del gota a gota y se convierten en quienes dirimen los conflictos en los territorios por la ausencia estatal y de no menos monta, a quienes ejercen liderazgo social los asesinan.

Sin embargo, pese a este realismo trágico que para muchos puede ser un acercamiento a un diagnóstico, nos permite dimensionar la hoja de ruta que Colombia debe transitar, ojalá de forma inmediata: es imperativo reducir de manera radical el número de jóvenes que ni estudian ni trabajan, en especial en los territorios corredores para el narcotráfico, asimismo avanzar en la erradicación de cultivos ilícitos, combatir la minería ilegal, fortalecer la presencia institucional.

Las fórmulas de implementación de el juego del calamar de Otoniel y de las
bandas criminales están sobrediagnosticadas en Colombia, así que la tarea del
Estado es terminarlo actuando en favor de la defensa del territorio, de nuestros jóvenes, de los lideres sociales, del medio ambiente, de los empresarios, de la competitividad (no puede ser que en nuestros océanos manden los delincuentes), de sus gentes, de la vida y del impulso a la equidad. Todo el peso de la ley al delincuente, toda la presencia institucional y focalización territorial de la inversión para combatir el crimen con oportunidades en materia económica y social.