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Este domingo, Brasil elegirá mucho más que un presidente. Su decisión tendrá consecuencias para un continente donde el miedo gana elecciones, la fuerza se ofrece como solución y los derechos empiezan a presentarse como excesos. La disputa entre Lula y Flávio Bolsonaro ocurre en uno de los momentos más inquietantes de la democracia: cuando sus propios mecanismos permiten el ascenso de quienes amenazan con vaciarla por dentro.
El autoritarismo aprendió a hacer campaña. Invoca la libertad, promete recuperar el orden y se atribuye la representación exclusiva del pueblo. Una vez instalado, puede convertir al adversario en enemigo y a las minorías en sospechosas. Ganar una elección se interpreta entonces como autorización para restringir la vida de otros. El voto pierde su sentido democrático cuando sirve para decidir quién merece menos derechos.
La trumpización de América Latina también avanza por ese camino. La frustración cotidiana encuentra culpables fáciles: el migrante, la diversidad sexual, las organizaciones sociales, las instituciones que ponen límites al poder. Los discursos guerreristas ofrecen enemigos donde hacen falta respuestas. La solidaridad queda bajo sospecha y la protección ambiental se vuelve un obstáculo para los negocios.
Frente a esa deriva, los resultados de Lula importan. Entre 2023 y 2024, 8,6 millones de personas salieron de la pobreza. La cifra tiene nombres, cocinas y barrios. Contiene preocupaciones que empiezan a aliviarse y futuros que dejan de parecer clausurados. En 2025, el desempleo anual cayó a 5,6%, el menor registro de la serie iniciada en 2012. El trabajo y la protección social siguen abriendo caminos para sostener la vida con dignidad.
Brasil también importa por lo que guarda. Su biodiversidad y la Amazonía representan una responsabilidad que atraviesa fronteras. Ese gran pulmón que compartimos sostiene comunidades, especies y parte del equilibrio climático del planeta. En 2025, la deforestación de la Amazonía Legal disminuyó 12,07% frente al año anterior. Hay futuro en ese bosque que permanece en pie.
Protegerlo exige enfrentar la codicia que mira los territorios como botín y reduce su valor a cuánto puede extraerse de ellos. La defensa de la naturaleza comparte una raíz con la defensa de los derechos: reconocer que la vida merece protección, incluso cuando hacerlo incomoda al poder o limita una ganancia. Esa agenda necesita gobiernos capaces de sostenerla y ciudadanos capaces de exigir coherencia.
Los avances tampoco borran las angustias pendientes. La izquierda debe escuchar a quienes todavía sienten que el ingreso no alcanza y que la recuperación pasa de largo frente a su casa. La esperanza necesita llegar al salario, a la mesa y al barrio. Necesita hacerse reconocible.
Derrotar democráticamente los discursos antiderechos y el autoritarismo es una necesidad moral y vital. Brasil puede darle aliento a una región que necesita recuperar confianza en la igualdad, la solidaridad y la paz.
Brasil puede marcar un límite para todo el continente: derrotar en las urnas a quienes convierten la exclusión en programa de gobierno y la codicia en proyecto de país.
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