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Era de esperarse…

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Julián Arévalo

Podrá generar tristeza, rabia e indignación. Incluso, podría servir como evidencia de las dificultades profundas a nivel internacional, resultantes ellas de los estilos de liderazgo que florecen hoy en el planeta. Pero lo que no se podrá decir es que la crisis generada por los incendios en el Amazonas o, peor aún, las respuestas del presidente brasilero Jair Bolsonaro, han tomado por sorpresa a alguien. Por el contrario, todo esto era de esperarse.

Hace más de un año se prendieron las alertas por las posturas del entonces candidato respecto a la protección de la Amazonía. Desde su promesa de impulsar la economía explorando el potencial de la selva, hasta su condescendencia ante el lobby agrícola por las multas que recibían las empresas del sector como consecuencia de sus daños al medio ambiente. Ya en la presidencia ha mostrado que su propuesta era mucho más que un simple discurso de campaña; con acciones orientadas a debilitar la agencia de protección forestal, recortes al presupuesto destinado a cuidar el medio ambiente y un crecimiento de la deforestación de cerca de 90 % en comparación con el año anterior.

Ahora, si bien no es extraña la presencia de incendios en esta época del año, un desastre de la magnitud de lo que estamos viendo - donde ya se habla de récords históricos - no solo era previsible, sino que también obligaba a preparar una mejor respuesta. Y este es, tal vez, el punto que más ansiedad genera el vergonzoso protagonismo global que hoy recibe Brasil debido a los incendios: la incapacidad y la retórica en la reacción.

La respuesta del mandatario brasilero siguió el formato típico de la incompetencia: salir rápidamente a buscar culpables, anunciar “acciones preventivas y represivas de delitos medioambientales”, señalar a sus enemigos por adelantar una campaña de desprestigio en su contra, y atacar a cualquier posible candidato a chivo expiatorio: los grupos ambientalistas, las ONGs o la izquierda global (¿nos suena familiar?). Acusaciones sin ninguna prueba que las respalde.

Es decir, el usual guion orientado a capitalizar políticamente la crisis, en lugar de brindar soluciones reales. No podía faltar el elemento fraudulento: afirmar que todo se trata de una guerra de desinformación y que la situación en realidad no es tan crítica como afirman los expertos. Una respuesta tan prosaica, desde luego, también era de esperarse.

Y las obviedades continúan. Ante la iniciativa del presidente francés, Emmanuel Macron de crear un fondo de US$22 millones para la lucha contra el fuego, Bolsonaro responde con un trasnochado discurso antiimperialista con el que rechaza la ayuda porque “tal vez esos recursos sean más útiles para reforestar a Europa”. ¿En serio?

Finalmente, decide convertir la posibilidad de recibir la ayuda de G7 en un punto de honor, condicionando la aceptación de la ayuda a que “Macron retire sus insultos” - decir que Bolsonaro había mentido en sus compromisos con la Amazonía, lo cual es cierto. Ojo, un punto de honor, esto es, la fórmula perfecta para que el tema no avance.

Mientras tanto, Brasil sigue sin la capacidad de atender la emergencia por sí solo y el Amazonas es víctima del fuego, de la deforestación y, sobre todo, de la improvisación y una serie de respuestas equívocas. Algo que viniendo de un Gobierno cuyo único logro ha sido exacerbar ánimos sin una verdadera agenda de desarrollo, … también era de esperarse.

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