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El “acuerdo del siglo”, de nuevo

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Julián Arévalo

La reciente propuesta de Donald Trump a una solución negociada al conflicto palestino-israelí no solo prueba una vez más su incapacidad para sacar adelante acuerdos que beneficien a las partes, sino que también es un claro ejemplo del desconocimiento de los principios básicos en una negociación. O, más bien, es una simple apuesta electoral local.

Trump se refirió a su propuesta como “el acuerdo del siglo”, otro título rimbombante para sus iniciativas fallidas (¿alguien recuerda la “cumbre del siglo” con Kim Jong-un en junio de 2018?). Sin embargo, al menos tres elementos hacen inviable la propuesta de Trump: su legitimidad misma como promotor del acuerdo, el contenido fuertemente sesgado y el desconocimiento de una de las partes involucradas.

Hace poco más de dos años, con el reconocimiento de Jerusalén como la capital de Israel y su posterior traslado de la embajada americana a esta ciudad, Trump perdió su legitimidad como posible mediador en este conflicto. En ese momento, tales decisiones terminaron debilitando al presidente palestino Mahmoud Abbas, en beneficio de voces en Hamas que llamaban a una nueva intifada e invitaban a “enterrar el acuerdo de paz”. Con ese antecedente, difícilmente podría abrirse una puerta a una solución impulsada por el mismo presidente norteamericano.

Un segundo aspecto que inviabiliza la propuesta es su contenido. En ella se permite a Israel anexiones territoriales que no habían sido contempladas anteriormente y control sobre sitios sagrados en disputa. Por su parte, incorpora un importante nivel de ambigüedad sobre las condiciones bajo las cuales Palestina constituiría su Estado en los próximos años.

Pero tal vez lo más grave de esta propuesta es el mecanismo mismo que la genera. En su libro sobre el papel de la dignidad en las negociaciones, Donna Hicks identifica la inclusión como uno de los principios fundamentales para tener en cuenta; esto es, la idea de que “el otro” es parte de un proyecto común que conduce a la solución del conflicto. La evidencia experimental al respecto es contundente: la propensión a la cooperación es mucho mayor en escenarios en que un jugador cree - así sea de manera errada - que puede incidir en los resultados de una interacción, que cuando se le invita a actuar sobre una cuestión ya decidida.

Como es claro, nada de esto es tenido en cuenta en la nueva propuesta de Trump. Esta fue cocinada con el equipo del primer ministro israelí, Binyamin Netanyahu, sin ningún tipo de diálogo con emisarios palestinos. Desde todos los sectores se habla de una iniciativa condenada al fracaso, y con el potencial de generar nuevos brotes de violencia en una región de por sí muy convulsionada.

Desconocer la dignidad del otro, que se materializa en aspectos como su interés de ser parte de discusiones sobre temas que le conciernen, es un error usual al tratar muchos conflictos; con frecuencia resultan más atractivas, aunque ineficientes, las soluciones unilaterales.

Así, con este nuevo fracaso anunciado, el señor Trump consolida su pobre récord en negociaciones internacionales. Pero claro, siempre está latente su verdadera motivación, que está lejos de atender conflictos en el Medio Oriente, Asia o en su mismo vecindario; es utilizar el ambiente internacional caldeado para avanzar en su agenda política local. Justamente, los resultados electorales de esta semana favorecen al actual presidente.

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