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Hoy todos hablamos o escuchamos sobre inteligencia artificial (IA); esta moda corre el riesgo de convertirse en un costoso espejismo tecnológico. El país cuenta con documentos para regularla (la Ley 2502 de 2025) y con una hoja de ruta para la articulación entre instituciones del gobierno central y algunas descentralizadas para la implementación de la IA (Conpes 4144). Sin embargo, no existe una política, ni mucho menos una estrategia clara de transformación digital de la sociedad y, peor aún, del sector productivo, en el que la productividad y la competitividad son los objetivos finales para aprovechar las ventajas de las tecnologías emergentes.
Aún gravitamos en conversaciones en torno a los algoritmos, las capacidades de procesamiento de información, la adquisición de licencias y de servicios de última generación o de principios éticos. Sin embargo, la verdadera frontera del cambio no está en los servidores ni en la nube, sino en el interior de las empresas. Si el nuevo gobierno busca consolidar una política integral de desarrollo productivo que trascienda de la narrativa a las oportunidades, y logre un impacto estructural en la competitividad, debe entender que la transformación digital se incentiva y se organiza desde adentro de las empresas.
En varios estudios con colegas del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) hemos estado investigando: ¿cuáles son las características de la adopción temprana de la IA en el tejido empresarial colombiano? La realidad de los últimos años en la industria revela un proceso incipiente, altamente dependiente y profundamente concentrado. Las empresas que han dado este salto temprano muestran una fuerte preferencia por adquirir soluciones empaquetadas de terceros, como los servicios de red, en lugar de desarrollar capacidades tecnológicas propias o modelos internos. Es, además, un escenario profundamente asimétrico donde las grandes empresas y las regiones más prósperas avanzan rápidamente. Esta etapa temprana nos alerta sobre una dinámica preocupante: de no intervenir adecuadamente, la tecnología fluirá por los canales tradicionales, ampliando las brechas de productividad en desventaja de las microempresas y de la periferia geográfica.
¿Entonces, por dónde empezar la anhelada transformación digital? La evidencia empírica nos enseña que la innovación llama a la innovación; las empresas que cuentan con un historial sólido de patentes y actividades previas de Ciencia, Tecnología e Innovación (CTI) actúan como los motores naturales de esta transición digital. No obstante, hemos encontrado evidencia menos discutida en la política pública: la innovación puramente tecnológica resulta insuficiente por sí sola. Ignorar la madurez administrativa y organizacional de una empresa tiene un costo altísimo en términos de eficiencia. Intentar implementar herramientas de IA simultáneamente con proyectos complejos de CTI sin haber construido previamente una base organizacional provoca una severa congestión de recursos. Esta saturación asfixia los beneficios esperados en la producción y las ventas, ya que el talento especializado y la atención gerencial limitada terminan compitiendo internamente, anulando el impacto de la tecnología.
Para que la adopción de la IA genere un salto verdaderamente multiplicador en el valor de nuestras empresas, el ingrediente secreto es contar con una buena estructura empresarial. La inteligencia organizacional es un activo intangible crítico que permite a la IA desplegar todo su potencial, creando la arquitectura administrativa indispensable para que las recomendaciones de los algoritmos pasen de ser simples datos a convertirse en decisiones operativas rentables.
Por ello, una política integral de desarrollo productivo en una economía emergente como la nuestra exige mirar al interior de las organizaciones y presentar una hoja de ruta cuidadosa para la política pública. El Estado no puede limitarse a promover la adopción masiva de tecnología; debe enfocarse primero en construir capacidades de transformación organizacional y gerencial en nuestro tejido productivo. Democratizar el acceso tecnológico requiere preparar el terreno administrativo de nuestras empresas. Solo al fortalecer esta estructura interna y priorizar la innovación organizacional garantizaremos que la transformación digital rinda dividendos de productividad ampliamente distribuidos, evitando que los retornos económicos se concentren exclusivamente en los pocos establecimientos que ya estaban listos para aprovecharlos.
Se necesita una inteligencia organizacional para hacer posible una inteligencia artificial efectiva.
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