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Analistas 27/08/2026

Esperando el próximo terremoto

Guillermo Cáez Gómez
Socio Esguerra JHR
GUILLERMO CAEZ

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Colombia tiene una relación extraña con la prevención. Sabemos que vivimos en un país expuesto a terremotos, conocemos buena parte de los riesgos y contamos con ingenieros, instituciones y regulación. Sin embargo, después de cada sismo reaparece la misma conversación: qué tan preparados estamos para el siguiente. La NSR-10, reglamento colombiano de construcción sismorresistente expedido en 2010 y modificado posteriormente, está nuevamente en discusión porque se trabaja en su actualización para incorporar avances de la ingeniería sísmica y nuevas realidades del territorio. Más que discutir si una norma sirve o no, el debate me genera una pregunta: ¿por qué necesitamos sentir que la tierra tiembla para recordar la importancia de prevenir?

Tal vez el problema trasciende la ingeniería. Como sociedad parecemos extraordinariamente buenos reaccionando y bastante menos disciplinados anticipándonos. Esperamos la crisis para crear el comité, el accidente para revisar el protocolo, la pérdida del cliente para cuestionar el servicio y la renuncia del mejor empleado para preguntarnos por qué no escuchamos antes. En la vida hacemos exactamente lo mismo: esperamos enfermarnos para cambiar hábitos, que una relación se rompa para empezar a conversar o que alguien falte para decir cuánto significaba. Pareciera que solo reconocemos el valor de la vida cuando está en riesgo o cuando ya la perdimos.

Durante años hemos convertido la resiliencia en una virtud casi heroica. Admiramos al que cae y se levanta, a la empresa que sobrevive a la crisis y al país que se reconstruye después de una tragedia. Y claro que existe enorme valor en levantarse. Pero quizás hemos glorificado tanto la capacidad de recuperarnos que hablamos muy poco de la capacidad de evitar caídas innecesarias. La resiliencia es valiosa, pero la prevención es una forma superior de consciencia, porque obliga a actuar cuando todavía no existe dolor suficiente para empujarnos.

Ese es uno de los grandes desafíos del liderazgo. Reaccionar cuando el edificio se está cayendo genera adrenalina, sentido de urgencia y hasta reconocimiento. Anticiparse cuando aparentemente no está pasando nada exige visión, criterio y la capacidad de tomar decisiones cuyos resultados quizás nadie llegue a notar. Nadie felicita al gerente por la crisis que nunca ocurrió, al ingeniero por el edificio que permaneció en pie, al médico por la enfermedad que logró evitarse o al líder por el talento que nunca renunció porque fue escuchado a tiempo. La prevención tiene un problema de marketing: sus mejores resultados son invisibles.

Lo mismo ocurre con el liderazgo personal. Sabemos cuáles conversaciones estamos aplazando, qué hábitos nos hacen daño, qué relaciones necesitan atención y qué decisiones llevamos meses evitando. Muchas veces no nos falta información; nos falta urgencia. Esperamos que la realidad aumente el volumen hasta que resulte imposible seguir ignorándola. Entonces llamamos transformación a lo que en realidad fue reacción.

Un terremoto no negocia con nuestras excusas. La tierra se mueve independientemente de si estábamos preparados. La vida también. Por eso prevenir no debería nacer del miedo a perder, sino del valor que somos capaces de darle a aquello que todavía tenemos. Cuidar antes de necesitar reparar. Escuchar antes de perder. Revisar antes de quebrarnos. Decir lo que sentimos antes de que ya no exista quien pueda escucharlo.

Tal vez Colombia no necesite demostrar una vez más que sabe levantarse después de las tragedias. Ya sabemos que somos capaces de hacerlo. El verdadero salto de consciencia sería construir una sociedad que no necesite la tragedia para actuar, organizaciones que no necesiten tocar fondo para transformarse y personas que no necesiten perder para valorar.

Porque esperar a que algo esté a punto de desaparecer para reconocer su importancia no es prevención ni consciencia: es reacción. Y quizás madurar, como líderes, como ciudadanos y como seres humanos, consista precisamente en aprender a cuidar la vida mientras todavía la tenemos, antes de que el próximo terremoto tenga que recordarnos cuánto valía.

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