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Tribuna Universitaria 05/03/2021

Las minas de la paz

Juan Manuel Nieves R.
Estudiante de Comunicación Política
La República Más

Una triste noticia ha debido sacudir los medios esta semana: un niño indígena perdió una de sus piernas en un campo minado dejado por los terroristas, amigos de los mismos que se pavonean en el Congreso. No hubo marchas, no hubo mangas remangadas, no hubo show mediático; cuando la víctima no es a manos del Estado, a los “indignados” no les gusta hacer mucha bulla.

Colombia es uno de los seis países con mayor presencia de minas antipersona según la campaña mine free world; distintas presidencias llevan décadas intentando desminar territorios enteros; sin embargo, esta práctica bárbara sigue siendo una de las medidas de los terroristas para proteger los cultivos de coca y hasta que no se vuelvan a combatir en serio, el flagelo continuará; la oficina del alto comisionado informa que 11.994 personas han sido víctimas de esta barbarie y en lo corrido del año 2021 ya se cuentan ocho víctimas; en total 60% de los afectados son fuerza pública y el restante 40% civiles de los cuales los mayores de 60 años representan la mayoría de víctimas.

Molesta la indignación selectiva cuando el Estado ha sido perpetrador de alguna violación; los afectados tienen mecanismos para resarcir el daño, mientras que los victimarios de grupos terroristas muy poco han mostrado para indemnizar a los miles de víctimas; la JEP, a paso paquidérmico, no ha mostrado la misma diligencia que tuvo al pedir la libertad del ahora prófugo Santrich; solo para poner un ejemplo.

En la última encuesta de Invamer, las Farc aparecen con una imagen negativa de 91% y el ELN de 94%; las esperanzas en la voluntad de paz son de 20%. Para rematar, 52% de los encuestados tiene una imagen negativa de la JEP. Este pesimismo cunde sobre la mayoría de las instituciones a excepción de la iglesia católica y el Ejército.

La paz no es un mero papel con el cual se reparte curules e impunidad a los otrora victimarios. Es un proceso de reconciliación en el cual se repara a las víctimas, se asumen compromisos de no repetición, se entregan las rutas del narcotráfico (oxígeno de los terroristas), se cuenta la verdad y se imparte justicia, así las penas sean menores. Estos hechos sumados a otros importantes deben generar credibilidad en el proceso; sin ello la paz se queda en un papel sin valor, al cual solo se acude para blindar a los victimarios, pero al que la ciudadanía mira con desconfianza. Algo se debió hacer cuando el NO ganó en las urnas, pero la vanidad de los implicados pudo más y lo mismo se ratificó.

El miedo de todos los que desconfiaron en el proceso se revalida con el paso de los días; ya es hora de hacer algo para que este proceso no sea un solo tema de curules; la solidaridad con un niño incapacitado de por vida debe ser masiva; por ello, la reforma es urgente y deberá discutirse entre los próximos candidatos a la presidencia; con el sol a las espaldas el actual gobierno no hará mucho por el tema.