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¿Y si no quiero salir?

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Juan Isaza Estratega de comunicación

A medida que algunos países comienzan a flexibilizar las medidas de confinamiento y se permite a la gente salir para hacer deporte o pasear a con sus hijos, aparece un término nuevo para quienes no hemos vivido en las latitudes de largos inviernos: el síndrome de la cabaña. Un término que se refiere a la molestia, temor o desinterés de salir de casa después de haber pasado un período largo de confinamiento.

Los expertos dicen que el síndrome de la cabaña depende mucho cada uno. Hay quienes, con una personalidad más introvertida, se sienten en casa en una zona de confort, mientras para otros, estar encerrado entre cuatro paredes, sin poder interactuar con amigos, colegas o vecinos representa un suplicio. Lo interesante es que muchas personas que antes serían incapaces de pasar un fin de semana sin salir, han comenzado a desarrollar una relación diferente con su casa.

Sin duda, la tecnología tiene gran parte del mérito porque nos ha permitido continuar las relaciones con amigos, trabajar, entretenernos, hacer deporte o aprender sin tener que salir. Ya muchos lo han dicho: después de este confinamiento, el rol de la casa no volver a ser el mismo. Pero que nadie se equivoque: este cambio no nació con la pandemia. Ya veníamos observándolo con mucha claridad.

De hecho, lo señalamos como una de las tendencias clave para este año. Los ciudadanos, sobre todo los más jóvenes, habían perdido interés por salir a la calle. Habíamos comenzado a crear nuestros propios mundos paralelos con los videojuegos o las redes sociales. Los eventos como conciertos online ya lograban cifras récord de asistencia el año pasado.

Nos habíamos enamorado ya de quedarnos en casa gracias a Netflix y su inagotable cantidad de contenidos que nos atrapan entre sus algoritmos, o con los menús infinitos de los servicios de entrega a domicilio. Pero, también por las mascotas (que están en seis de cada diez hogares, según Fenalco) y que nos motivan a quedarnos en casa o nos limitan muchas veces poder pasar largos períodos de tiempo fuera.

Una investigación publicada por la revista Quartz el año pasado hablaba de los millennials ermitaños y mostraba cómo las generaciones más jóvenes pasan 70% más tiempo en casa que sus conciudadanos mayores. No nos digamos mentiras: antes de la pandemia, la calle ya tenía muchas limitaciones para la diversión, representaba congestión y riesgos innecesarios. El coronavirus, simplemente, nos lo ha puesto de manifiesto.

Es el momento de pensar la experiencia de marca a la escala del hogar. Así como las ciudades después de la Segunda Guerra Mundial se concibieron y se diseñaron en torno al automóvil, es momento de pensar nuestras ciudades a escala domiciliaria. Es tiempo de crear y diseñar productos con la casa como el espacio principal de trabajo, estudio y entretenimiento.

Más que una circunstancia temporal, vienen oportunidades en el largo plazo para todo aquello que pueda vivirse desde la casa. Así que el síndrome de la cabaña no es resultado de la pandemia. Es un virus que ya nos había contagiado mucho antes de que lo hiciera el coronavirus.

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