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Malestar en Francia

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Una de las fotos icónicas que nos dejó el Mundial de Rusia es la de Emmanuel Macron, presidente de Francia, rompiendo protocolo en el palco del Estadio, de pie y con los brazos extendidos celebrando unos de los goles que le dieron la victoria al equipo galo contra Croacia. La victoria del mundial del equipo francés, con al menos 15 jugadores de origen africano, parecía confirmar que el presidente Macron estaba destinado a entrar en la historia no solo por su popularidad y juventud, sino por haber salvado a Francia y Europa de la ola de ultra derecha xenófoba y proteccionista.

Esta imagen contrasta con la cara sombría de Macron en su alocución presidencial de hace pocas semanas, donde después de varias protestas violentas de los “chalecos amarillos”(gilets jaunes), anunciaba la declaración de una emergencia económica. En menos de seis meses Macron pasó del Olimpo a la trinchera política.

Entender el actual malestar en Francia no es fácil, pero hay tres elementos importantes en la discusión: la falta de crecimiento de la economía, el efecto político de la inmigración, y la discusión sobre el proyecto europeo.

Francia, y en general Europa, ha tenido un bajo crecimiento durante la última década. La crisis financiera de Estados Unidos en 2008 se contagió al viejo continente vía la exposición del sistema bancario europeo a los activos tóxicos del mercado inmobiliario norteamericano. Estados Unidos, no obstante, se recuperó de la crisis, pero Europa entró en aletargamiento económico de bajo crecimiento.

Desde 2010, el crecimiento promedio anual en Estados Unidos es de 2,3%, mientras en Europa es de apenas 1,3%. Esta diferencia en tasas de crecimiento representa un faltante de US$1,4 billones de menor producción en el viejo continente – aproximadamente US$500.000 millones en términos de recaudo tributario.

El menor crecimiento en Europa, y en particular en Francia, que este año se estima crezca menos de un 1%, se debe en buena parte a un estancamiento de la productividad. La productividad total de los factores lleva varios años estancada en Francia. Si a esto se le suma, el envejecimiento de la población, y la competencia en muchas industrias de los rivales asiáticos, explica la percepción de que la siguiente generación de franceses va a tener peores condiciones de vida que la actual.

Otro elemento del malestar tiene que ver con la inmigración. Diferentes estudios muestran los efectos positivos que tiene la inmigración. No obstante, el miedo de una pérdida de identidad nacional y la reciente conexión entre inmigrantes y terrorismo, le ha dado a la derecha francesa munición para satanizar la política de libre movilidad en el continente.

Este argumento en contra de la libre circulación de personas al interior de la Unión Europea, hace parte de una narrativa más amplia en contra del proyecto europeo. La nostalgia por una Francia autónoma en control de sus fronteras, de su propia moneda y sin la burocracia de Bruselas, es un canto de sirena que ha atraído a los ciudadanos franceses que han perdido en años recientes su empleo o ven sus salarios estancados.

La elección de Macron fue esperada por muchos como el momento “Tatcher” de Francia: el momento de las grandes reformas. Queda la duda si es posible reformar a Francia y si no resulta inevitable que en las próximas elecciones llegue la derecha -Marine Le Pen- al poder.

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