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El sociólogo

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Jorge Iván González - jorgeivangonzalez29@gmail.com

Además de sus cualidades personales y de su compromiso con los habitantes de aquellas zonas del país donde la guerra y el abandono se siente todos los días, Alfredo Molano fue un gran maestro de la crónica. Tuvo la habilidad de narrar bajo el nombre de cualquier personaje, la angustia y la esperanza de miles de personas que viven situaciones similares.

Recorriendo el país, y siguiendo atentamente la historia de su interlocutor, interpretó la realidad con una lucidez que supera los más sofisticados análisis econométricos. Su pluma magistral logró transmitir las angustias de aquellos que luchan y tratan de superar sus dificultades. Entendió con ellos la complejidad del conflicto colombiano y nunca aceptó salidas sencillas. En los relatos de sus personajes se percibe la ironía trágica de quien ha vivido, y ha aprendido a dudar de las alternativas simplistas de los varios gobiernos que dicen tener la fórmula adecuada para conseguir la prosperidad.

Molano logró transmitir el escepticismo de quienes han oído, una y otra vez, las promesas de una nueva vida. La fuerza de su relato, como la de cualquier gran novelista, radica en la construcción de personajes emblemáticos que encarnan intereses colectivos.

En sus primeros trabajos utilizó algunas categorías marxista de análisis. Creyó en la bondad de la investigación-acción. En 1978, al presentar las conclusiones del seminario sobre la investigación-acción que tuvo lugar en Cartagena, escribía: “Conocimiento y lucha política están íntimamente ligados tanto en los enunciados epistemológicos como en el nexo interno descubierto en el objeto teórico”. Pocos años después, las categorías analíticas de la sociología académica terminaron incomodándolo. Sentía que no le permitían expresar el alma de la condición humana. Terminó renunciando a los análisis formalistas, que algunos estudiosos de la sociedad califican como el método científico.

Consideró que las categorías convencionales de la sociología, aprisionan la complejidad del fenómeno humano. Y, precisamente, y gracias a esta renuncia fue un excelente sociólogo. Logró mostrar que el drama de cada uno de sus personajes se enmarca en contextos específicos. Mostró que la violencia conjuga de manera misteriosa la complejidad de la acción humana en ambientes que facilitan la conversión de los unos en víctimas, y de los otros en victimarios. No aceptó las causalidades lineales. Nunca cayó en la visión maniquea que, con prepotencia infinita, pretende distinguir al bueno del malo. Sus opciones políticas, libertarias e independientes, lo llevaron a despreciar a quienes desde el poder pretenden imponer su visión de la sociedad.

Molano no se afanó por la representatividad de la muestra, ni por la pertinencia de los grupos focales, ni por la validez del evento contrafactual. No necesitó estos instrumentos porque en la maestría de su percepción logra conjugarlo todo, de tal manera que el lector capte la fuerza de la dinámica social, de una forma mucho más contundente de lo que pueden hacerlo un millón de regresiones. Nos enseñó que el relato literario escrito con la pasión de quien siente y trata de entender, es un poderoso instrumento del conocimiento científico. Molano, el sociólogo, no necesitó porcentajes y frecuencias probabilísticas. El ritmo de sus relatos, y la intensidad de las voces de sus personajes logran recrear el mundo real para contribuir a su comprensión.

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