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“La casa de todos”

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Celebramos este año el segundo centenario de la batalla de Boyacá, que vino a consolidar la independencia frente al imperio español. Que este onomástico sea rico en estudios y actos de divulgación sobre la importancia de este episodio fundacional es indispensable para que todos, en especial los jóvenes, tengamos cabal conciencia sobre el significado de la gesta libertadora y los elementos que constituyen la nacionalidad. Es que no solo pretendimos -y logramos- configurar un Estado independiente. Tanto o más importante es que hemos logrado, aunque todavía de manera imperfecta, crear una sociedad regida por valores democráticos.

Ese tránsito de la condición de súbditos a la de ciudadanos es la dimensión más significativa de aquel episodio militar. En este contexto vale la pena recordar la célebre admonición de Francisco de Paula Santander: “Colombianos: las armas os han dado la independencia, pero solo las leyes os darán la libertad”. Esta es la nuez del Estado de Derecho que, desde sus albores, las constituciones patrias siempre han reconocido. Fuimos incluso precursores, a comienzos del siglo XX, de la revisión judicial de las leyes por tribunales independientes.

Ha sido un esfuerzo arduo. Durante el siglo XIX estuvimos plagados de guerras civiles hasta finalizar con la peor de todas: la de “los mil días” que se prolongó hasta comienzos de la pasada centuria. Esa conflagración nos costó muchos muertos y la dolorosa pérdida de Panamá en 1903. Ya a mitad del siglo padecimos el feroz enfrentamiento entre los partidos que conocemos como “la Violencia”. A poco de culminada esta contienda, y en el contexto de la guerra fría, nos vimos asediados por las guerrillas comunistas, en general apoyadas por Cuba. Todos los países de la región han superado, antes que nosotros, esta epidemia cuya persistencia obedece, no a atroces condiciones de injusticia social, como lo repiten con católico fervor los adversarios del “sistema”, sino a la conjunción de negocios ilícitos y de un territorio singularmente abrupto, factores ambos que favorecen la operación de grupos armados ilegales.

Tiene mérito que, a pesar de tantos actores violentos, tengamos un historial envidiable de transiciones democráticas en la jefatura del Estado. Laudables también los avances de Colombia en la lucha contra la pobreza y la mejora de las condiciones de vida de la población. La tasa de pobreza es aún elevada pero se ha reducido sistemáticamente a lo largo de los años. El notorio incremento de las expectativas de vida es elocuente indicador de los avances de la política social. Nunca antes habíamos vivido en un mejor país, así los retos que nos esperan sean enormes. Es preciso, por lo tanto, que el relato histórico recoja estos valiosos avances, que son, lo repito, insuficientes.

Desde cuando fue inaugurada, he sido visitante regular de la Casa de Nariño. Por este motivo he presenciado la sustitución, cada cuatro años, de la galería fotográfica del presidente saliente por la de su sucesor, como si la historia comenzara con cada nuevo mandatario. Duque suele decir que la Casa de Nariño es “la casa de todos”. Para dar realce a ese anhelo convendría convertir sus muros en un museo de los presidentes que desde allí han gobernado. Hacerlo permitiría que, desde estudiantes de colegio hasta visitantes extranjeros, pudieran comprobar la continuidad institucional y el progreso constante de nuestra nación.

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