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Nuestro destino manifiesto

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Colombia será un país de ingresos altos en 2030, insertado dentro del “primer mundo”

En pleno periodo electoral, cuando el debate nacional recrudece al calor de la polarización, la obsesión por el corto plazo se exacerba y el ejercicio mismo de opinión se vuelve mayoritariamente coyuntural. En efecto, las muy pocas voces que hablan del futuro, más allá de 2022, lo hacen partiendo estrictamente de los grandes debates políticos de hoy. En esta columna me quiero tomar la licencia de hacer lo contrario y proponer una reflexión de presente basada en una expectativa material de futuro, como si existiera tal cosa como un hecho del mañana. Se trata de un elemento que, a mi manera de ver, definirá por completo la forma en que los colombianos vivimos y nos percibimos: Colombia será un país de ingresos altos en 2030, insertado dentro del esquivo concepto de lo antes conocido como el “primer mundo”.

¿Cómo puede un país con nuestros enormes desafíos sociales y nuestra elemental estructura productiva aspirar a tal cosa? Pues bien, no son meras ilusiones matemáticas ni expectativas infundadas. Si logramos recuperar nuestro crecimiento potencial en torno a 4%, con un dólar estabilizado entre los $2.300 y $2.700, el PIB per cápita colombiano en 2030 alcanzaría en paridad de poder adquisitivo los niveles de un país de ingreso alto. Más aún, estaríamos aportando al mundo más riqueza que varios de los países del G20. Podemos afirmar entonces que, muy a pesar de la ola de pesimismo que consume a la economía colombiana, la prosperidad es el destino manifiesto de nuestra sociedad.

Aunque para muchos este pronóstico resulte inverosímil o cuanto menos ingenuo, lo cierto es que poco debería sorprendernos si analizamos en perspectiva nuestra evolución reciente como país. Nací en 1984, en una Colombia pobre. En solo tres décadas hemos sido capaces de transitar por los distintos estadios del desarrollo económico de manera ascendente, lo que nos ha permitido consolidarnos como una nación de ingreso medio-alto. Hay autores que sugieren que el escalón más difícil de superar en el sendero del desarrollo es justamente el de pasar de ser un país de ingreso medio-alto para convertirse en un país de ingreso alto, en una suerte de techo de cristal que se conoce como la trampa del ingreso medio. Sin embargo, las estimaciones sugieren que Colombia es capaz de replicar en la próxima década lo ocurrido en Chile años atrás, convirtiéndose en un país próspero y moderno.

En mi opinión, esta expectativa de futuro debería ser una guía para varias de nuestras decisiones en el presente, tanto en el mundo de los negocios como en lo democrático. Respecto a esto último, las elecciones presidenciales de 2018, de 2022 y de 2026 serán definitivas para materializar la esperanza de un país convergente hacia el primer mundo, donde tengamos más y mejores trabajos, empresas más prósperas y mayores oportunidades para todos. Pero basta con equivocarnos una sola vez para que el sueño se disipe. La inquietante proliferación de comediantes – algunos involuntarios – que minimizan el riesgo de que Colombia se descarrile y caricaturizan a los que advierten de esta situación, es una primera señal de alerta. Considero que hoy más que nunca deberíamos convertir la recuperación del crecimiento económico en una obsesión y escoger a quienes demuestren la voluntad política de implementar las reformas que el país necesita para no perder su rumbo. Es mucho lo que tenemos por perder.

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