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ANALISTAS 20/06/2026

Esa película ya la vimos

Jerome Sanabria
Estudiante

En una de las charlas que dicté en una empresa la semana pasada, conversé con un joven que, como yo, no conoció el Seguro Social en salud. Él sostenía que las EPS roban al país y matan pacientes, y que por esa razón votará por Iván Cepeda.

No fui yo quien lo interrumpió, sino varios de sus compañeros, todos mayores de 50 años. Entre risas le dijeron algo así como: “Se nota que no vivió lo que era el Seguro Social. Así son los jóvenes, creen que el mundo nació con ellos”.

Para sorpresa del joven, ellos tenían razón. Como mi generación no lo vivió, hoy está a punto de votar por un candidato cuyo principal anhelo es devolvernos plenamente a ese fracasado modelo de salud.

Quienes lo padecieron recuerdan madrugadas enteras haciendo fila para conseguir una cita, meses de espera para ver un especialista y la incertidumbre en la entrega de sus medicinas. Otros lo recuerdan por escándalos como la muerte de tres pacientes en Cali tras recibir suero contaminado en el Instituto de Seguros Sociales (ISS), o por el desfalco de $1.000 millones detectado en Barranquilla en 1990, así como por corrupción en la compra de equipos.

También fue el sistema en el que, según relató El Tiempo, se descubrió un millonario fraude por doble facturación en el hospital público de Sincelejo. El mismo en el que, en 1992, los hospitales de Bogotá registraban una ocupación de 110%, es decir, dos pacientes por cama.

Fue, además, el sistema en el que trabajadores de la red pública de Pereira entraron en paro para denunciar las precarias condiciones laborales.

Se trataba de un modelo completamente estatal, dirigido principalmente a trabajadores formales y sus familias. Para quienes estaban por fuera, acceder a servicios médicos era extremadamente difícil. Ya vemos que allí sí que la salud era un negocio. El negocio de los políticos.

Frente a ese fracaso nació la Ley 100, que introdujo un modelo mixto: la Adres administra los recursos, las EPS afilian y gestionan la atención, y las IPS prestan directamente los servicios. El sector privado entró en la ecuación. El resultado fue una afiliación prácticamente universal y una mayor competencia en la prestación de los servicios. El Estado regula y supervisa, pero comparte funciones con privados.

Su participación en este modelo permitió mejorar sustancialmente el sistema. La cobertura pasó de alrededor de 23% a más de 97% de la población. Millones de colombianos de bajos ingresos pudieron acceder por primera vez al aseguramiento, aumentó la equidad entre zonas rurales y urbanas y se redujo el gasto de bolsillo frente a lo que ocurría bajo el Seguro Social.

Ese sistema no ha sido perfecto. Tiene problemas que deben corregirse. Pero sigue siendo infinitamente más eficiente y efectivo que el fracasado Seguro Social. Sin embargo, Gustavo Petro se ha encargado -como lo he explicado en anteriores columnas- de inducir una crisis para quebrarlo, y sí que lo está consiguiendo.

Si Iván Cepeda llega a la Presidencia, continuará la estrategia de Petro y probablemente terminará devolviéndonos totalmente al modelo estatal que tanto anhela: el Seguro Social.

Ojalá los votantes de Cepeda entiendan que, al votar por él, están votando por el regreso de un sistema de salud que ya fracasó.
Un sistema que mata pacientes.

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