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Unicornios, “decacornios” y el dilema de la oportunidad perdida

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En noviembre de 2013, Aileen Lee, la fundadora de Cowboy Ventures, un fondo de capital de riesgo basado en “Sillicon Valley”, acuñó el término unicornio para referirse a aquellas empresas emergentes, que todavía no llegan a cotizar en la Bolsa de Valores pero que alcanzan una valoración superior a los US$1.000 millones.  Desde ese momento, han nacido, evolucionado y perecido varias compañías pertenecientes a este selecto grupo. Al mismo tiempo , el lenguaje utilizado por banqueros y analistas ha evolucionado, adicionando términos como “decacornio”, el que se refiere a empresas cuya valoración supera los US$10.000 millones. La población de unicornios y “decacornios” ha tenido un crecimiento acelerado en los últimos dos años, pero pareciera estar estabilizándose a finales de 2015. 

Un estudio reciente sobre estos seres mitológicos de la economía del siglo XXI, identificó que 84% de las compañías estadounidenses que forman parte del “Club de los Unicornios” ha crecido 115% en los últimos 18 meses, que solamente representan 0,14% de las “startups” de tecnología y que al menos 50% de la población de “decacornios” vive y se enfoca en el mundo de las aplicaciones móviles, siendo estos Uber, Twitter, SnapChat y Pinterest. Una categoría que promete volverse el próximo generador de unicornios, es la que se enfoca en el llamado “Internet de las Cosas” (o IoT por sus siglas en inglés).

Un aspecto interesante y que nos ayuda a padres con hijos en el colegio a reforzar la importancia de terminar una carrera profesional, es que a diferencia de los sonados casos (y en cierto sentido malos ejemplos) de Steve Jobs, Bill Gates o Mark Zuckerberg, los equipos de emprendedores detrás de los unicornios más exitosos, tienen un diploma universitario y rondan los 30 años de edad, expertos en tecnología han construido las compañías más exitosas. 

Estas compañías que han acaparado la atención  y el dinero de banqueros e inversionistas por los últimos tres años tienen otra componente importante y es la diversidad cultural en sus filas. Una gran mayoría de los fundadores de unicornios nacieron y estudiaron fuera de Estados Unidos, lo que refuerza la importancia de una política flexible de inmigración en la creación de valor de las compañías de tecnología. 

Desde el punto de vista de los dueños del capital, la desaceleración que experimenta el crecimiento de la población de unicornios genera un efecto paradójico. Debido a que las tasas de interés han llegado a mínimos históricos, incluso a valores negativos en varios países europeos, los inversionistas ven en estas compañías, la mejor oportunidad de retorno para su dinero. 

Por si fuera poca la presión de generar retornos en una economía global que viene de un período de recesión, el ruido mediático que han generado los unicornios genera también el temor de la oportunidad perdida, o factor “Fomo” [por sus siglas en inglés de “fear of missing out”]. Muchos inversionistas de riesgo terminan apostándole a compañías sin modelos de negocio probados, simplemente porque no pueden optar a no jugar. El problema de los que manejan los grandes fondos de inversión es que necesitan encontrar un unicornio más en quien invertir o se verán en la obligación de devolver el dinero a sus inversionistas. 

A diferencia de lo que pasó en la llamada burbuja tecnológica de hace 15 años, las empresas que hoy en día están captando inversiones con valoraciones multi-billionarias, no cotizan en bolsa, por lo tanto, sus inversionistas no tienen un horizonte de liquidez a corto plazo. Por otro lado, casi 40% de las empresas que salieron a la bolsa en 2014, hoy cotizan por debajo del precio al cual se valorizaron en su última ronda de financiación privada.  Las empresas están esperando más tiempo para salir al mercado, por temor a como sean tratadas por él, particularmente cuando sus valoraciones privadas estaban basadas en sueños y miedos.
 

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