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Hace poco recibimos una carta que nos recordó lo esencial. La firmaba Iván Restrepo, un cliente que, con su historia, cuestiona una idea que se repite con frecuencia: que el Banco Agrario de Colombia concentra su apoyo en medianos y grandes productores. Nada más lejos de la realidad. Como lo demuestra su experiencia, en el campo colombiano el crédito no es un privilegio, sino una oportunidad de transformación para quienes empiezan desde abajo.
La historia de Iván, arrocero de La Mojana sucreña, lo representa bien. Como tantos campesinos, comenzó sin ventajas, trabajando en un molino de arroz, con esfuerzo diario y una convicción que no siempre encontraba respaldo. Fue en ese momento cuando el Banco Agrario apareció, no solo con recursos, sino con algo aún más escaso: confianza. Confianza en su palabra, en su trabajo y en un proyecto de vida que apenas comenzaba.
Ese primer crédito no fue un simple trámite financiero; fue una puerta que se abrió. Luego vinieron otros, cada uno marcando un avance: la compra de maquinaria, la tecnificación y la posibilidad de pensar en agroindustria. Años después, Iván ya no es el pequeño productor que empezó. Hoy es un empresario que sostiene a su familia, genera cerca de 20 empleos y aporta al desarrollo de su región.
Historias como esta nos permiten responder con claridad a la pregunta: ¿a quién prestarle plata? La respuesta es simple: a todos, pero, sobre todo, a quienes más lo necesitan y no han contado con acceso a financiación.
Soy un convencido de que los pequeños productores merecen el mayor de nuestros esfuerzos. Requieren condiciones especiales, tasas más favorables y un acompañamiento cercano y permanente. Pero sería un error ignorar al mediano productor, que muchas veces fue pequeño y que, gracias al crédito, logra dar el salto hacia la agroindustria que tanto necesita el país.
Un productor mediano no es, como a veces se piensa, un gran empresario distante de la realidad rural. Puede ser, perfectamente, alguien que ha logrado consolidar una empresa con 10 o 15 empleados, que formaliza su actividad, que invierte y que genera valor en su territorio. Apoyarlo no es desviarse de la misión social: es cumplirla en una etapa distinta del mismo proceso de crecimiento.
Hoy el Banco tiene la capacidad de colocar más de $13 billones en crédito durante 2026 y podría crecer en $5 billones adicionales si el mercado así lo requiere. Existe la voluntad, existen los instrumentos y existe el compromiso. Sin embargo, también enfrentamos una realidad: las fluctuaciones económicas, las condiciones ambientales y fitosanitarias, así como la incertidumbre del mercado, pueden desestimular la demanda de crédito, incluso cuando este está disponible.
Por eso, además de financiar, tenemos una tarea constante: informar, acompañar y, sobre todo, generar confianza. También, el compromiso de incentivar a otras entidades de Gobierno a que no abandonemos la urgencia de continuar la estructuración de miles de asociaciones de productores que quieren dar el gran paso hacia la formalización.
Ahora, también está el gran productor. A él se le atiende cuando acude, pero, en honor a la verdad, representa una porción menor de nuestra cartera -no alcanza 12%-, pues suele acudir a la banca tradicional. Esto no nos incomoda. Lejos de competir, el sistema financiero se complementa y cada entidad cumple un rol dentro de un ecosistema que debe funcionar de manera articulada. El nuestro es claro: atender a quien está empezando, produce a baja escala y está construyendo su camino.
Las cifras lo reflejan con claridad: el grueso del crédito se dirige a pequeños productores, seguido por medianos, cadenas agropecuarias y actividades complementarias que dinamizan la economía rural. Incluso, un porcentaje importante se destina a actividades no estrictamente agropecuarias, pero que hacen parte de un tejido productivo que sostiene el campo y que también merece ser financiado, como, por ejemplo, el turismo y la transición del campo a energías limpias.
Defender este modelo es, en el fondo, defender una idea de país. Un país donde el crédito no sea un privilegio de pocos, sino una herramienta al alcance de muchos. Donde el campesino que empieza tenga una oportunidad, pero también la tenga quien quiere crecer, formalizarse y generar empleo.
Porque, al final, la pregunta no es solo a quién prestarle plata. Es qué país queremos construir. Y la respuesta, desde el Banco Agrario, sigue siendo la misma: uno en el que todos tengan un lugar.
Según el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), la banca pública es un pilar fundamental en la política de crédito de vivienda en varios países