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Analistas 10/03/2021

Un petardo en el ramillete

Héctor Francisco Torres
Gerente General LHH

Las ideas anarquistas tuvieron muchos seguidores en Europa a principios del siglo XX y se manifestaron en un significativo número de atentados contra personajes públicos. Quizás el más recordado fue el que Gavrilo Princip llevó a cabo el 28 de junio de 1914 en Sarajevo (que acabó con la vida del archiduque Francisco Fernando, heredero del imperio austrohúngaro), convirtiéndose este hecho en el detonante de la Gran Guerra, que décadas más tarde empezó a ser conocida como la Primera Guerra Mundial, por cuenta de la torpeza de quienes propiciaron la segunda.

Alfonso XIII, que en esos primeros años del siglo pasado se sentaba en el trono de España, no escapó de la ola de atentados anarquistas y salió ileso al menos en tres ocasiones. La primera, frente a la columnata del Louvre, el 31 de mayo de 1905 mientras visitaba al presidente de la república francesa, Émile Loubet; la segunda, exactamente un año después, el 31 de mayo de 1906, saliendo de su boda con Victoria Eugenia de Battenberg, nieta de la reina británica en cuyo honor fue bautizada, que era rubia como los trigos a la salida del sol, tenía los ojos azules como el romero la flor y era la reina más guapa que vio la historia, al decir de Manuel Pareja-Obregón en sus Sevillanas de la reina.

Ese día de primavera, luego de la ceremonia religiosa celebrada en la iglesia de San Jerónimo el Real de Madrid, los recién casados iniciaron su recorrido hacia el palacio, tomando la Calle Mayor. Al pasar frente al número 88, Mateo Morral, anarquista catalán que estaba convenientemente ubicado en un balcón del cuarto piso del edificio, arrojó un manojo de rosas que camuflaba una bomba. El artefacto no alcanzó su objetivo porque hizo explosión al golpear los cables del tranvía, pero causó la muerte a veintitrés personas e hirió a más de un centenar.

Así como el petardo escondido en el ramillete lanzado por Morral produjo una tragedia que afectó a muchas personas (lo que ahora se conoce como daño colateral), un jefe tóxico en el entorno de trabajo puede causar estragos que van más allá de la afectación a los miembros de su propio equipo. Un jefe que irrespeta a sus empleados, que no escucha, que actúa como si fuera el único depositario de la verdad o que no tiene la capacidad de crear ambientes inclusivos, puede afectar de manera grave la motivación de su equipo y promover la deserción llegando a desestabilizar la cultura organizacional. Los jefes tóxicos, que pueden serlo por acción o por complicidad, no utilizan la persuasión para fomentar la participación de los individuos y alcanzar las metas, sino que se atrincheran en la manipulación o la coerción, que son comportamientos igualmente perjudiciales. Las empresas genuinamente interesadas en promover ambientes de trabajo sanos deben identificar con prontitud a los jefes que se caracterizan por este tipo de comportamientos nefastos y tomar acciones contundentes para evitar que su toxicidad acabe invadiendo todos los espacios, como la maleza en un cultivo.

Volviendo a la historia, el tercer atentado contra Alfonso XIII, perpetrado por Rafael Sancho Alegre, ocurrió el trece de abril de 1913 mientras el monarca paseaba a caballo por la calle de Alcalá. Aunque en esta ocasión también salió ileso, parece que el número trece no fue de buena suerte para don Alfonso ídem, como tampoco es un buen augurio para las organizaciones el perpetuar a los jefes tóxicos, aunque ocasionalmente consigan resultados.