En el siglo dieciocho la élite de Europa Occidental vivió un cambio: afloró la ideología individualista que proclamó el libre desarrollo del individuo como propósito. La fórmula tradicional de esfuerzo para asegurar un mejor más allá había comenzado a hacer crisis en Occidente desde el siglo once, cuando se hizo explícita la independencia de los poderes temporales y la iglesia de Roma, y se debilitó aún más con las revoluciones comerciales de los siglos doce y dieciséis, pero solo los pensadores franceses, escoceses y alemanes de la Ilustración dieron forma explícita a la filosofía liberal, que propuso la exaltación de la libertad y la búsqueda de la verdad como propósitos. Desde entonces ha habido grandes cambios en la relación entre nuestra especie y las demás, pues multiplicamos nuestro número por 10, abusamos de la combustión de fósiles como fuente de energía, y extinguimos muchas especies de flora y fauna mediante la invasión de sus hábitats.

También modificamos las posibilidades de relación entre nosotros: redujimos el número de lenguas vivas a la mitad, pero también impulsamos la educación universal hasta reducir el analfabetismo de mayoría absoluta a niveles muy modestos, y construimos mecanismos de comunicación diferentes de todos los precedentes. Hemos llegado a la posibilidad de funcionar en línea y en tiempo real para muchas actividades de la vida cotidiana, en lo que se denomina el internet de las cosas, y a procesar información con recursos computacionales para producir juicios inteligentes de manera artificial. La gama de soluciones para los grandes problemas es mucho más rica.

El propósito de la vida hoy debe ser muy dinámico, pues el escenario cambiante exige ajustes fundamentales de forma permanente. A los riesgos de destrucción total mediante el uso de armas nucleares y la degradación del ambiente se suman la guerra biológica, el uso de la tecnología informática para perturbar la vida cotidiana de los demás y la captura de información por instituciones públicas y privadas mediante el abuso. Además, los procesos de producción y distribución de bienes y servicios han entrado en fase de cambio perpetuo. Así las cosas, si bien las posibilidades de lograr el bienestar universal han aumentado en forma dramática, la dimensión de las amenazas también es de magnitud antes impensable. Todo esto obliga a los humanos a entender en nuestro propósito de manera diferente: nuestra primera línea de solidaridad es con la especie, porque la supervivencia de todos sus miembros está amenazada en diversos planos; de otra parte, la presión sobre recursos escasos obliga a hacer explícito el costo ambiental y social de todo acto de consumo.

Es preciso ordenar los procesos públicos para enfrentar contingencias planetarias y mitigar riesgos que desbordan fronteras. Parte integral de la revisión procedente es el alinderamiento de lo público para diversos propósitos: políticos, culturales y, por consiguiente, penales, laborales, fiscales y monetarios. De otra parte, es preciso reformular con discurso más sintético la definición de derechos humanos de 1948 y las complementarias, todas en teoría de universal aceptación, formalizar los criterios de aplicación y hacer efectivo su ejercicio como tarea prioritaria. La exaltación de la individualidad y la de la especie como caminos excluyentes es peligrosa. Es mejor revisar la situación siempre.