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De la seguridad y otros demonios

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Hace unos días se divulgó la noticia de que la policía de tránsito estaba haciendo lo que la Bogotá Humana no ha sido capaz de hacer en estos años de administración populista y poco útil para la problemática de nuestra ciudad. En virtud de la “operación retorno” de los habitantes de esta ciudad, y con el sano objetivo de contribuir en la movilidad de la ciudad los policías, que taparon algunos de los huecos de la Autopista Norte, salieron regañados por el director del IDU y otros funcionarios del distrito, a quienes les quedó fácil señalar, pero difícil explicar por qué se ha dejado de invertir un billón de pesos en el mantenimiento vial de la ciudad. 

Adicionalmente, a esta labor inusual de la policía se suma  que ahora también le hace el trabajo a la Empresa de Acueducto y Alcantarillado de Bogotá destapando canales, de modo que se ha convertido en la “aliada estratégica” de la negligente administración del alcalde Petro y hace lo que él ha sido incapaz de hacer: administrar una ciudad. Desde luego, concuerdo con quienes opinan que esta no es una labor propia de la policía y que la desinteresada ayuda no tiene las calidades técnicas que se requieren para dar una solución real al problema -como la máquina tapa huecos-, pero no podemos negar que ante la impotencia cualquier aporte para que algo mejore es más que bien recibido, toda vez que se ha demostrado la incapacidad de los funcionarios del distrito para terminar con este círculo vicioso porque: “ni rajan ni prestan el hacha”.

Así como  en este ejemplo de imposibilidad en la ejecución, el alcalde Petro se raja en el tema de seguridad. Esto ya pasó de ser una percepción para traducirse en hechos reales, como el incremento constante de los diferentes delitos que se presentan en la cotidianidad. Al caminar por la calle, por ejemplo, no se puede hablar por teléfonos móviles porque resulta que no hay que dar papaya. Ya es casi imposible transitar por el barrio La Perseverancia, así sea de paso: el que tenga la valentía de cruzarlo se expone a que le desvalijen el carro y le quiten todas sus pertenencias. Lo anterior está casi al nivel de las pescas milagrosas en los trancones que se forman en la Circunvalar, en los que se seleccionan las víctimas que son presa fácil por la falta de control de la policía. 

Se promueve el uso de la bicicleta como medio alternativo de transporte para mejorar la movilidad en la ciudad porque, en los términos de nuestro alcalde, no se deben mejorar las condiciones para el tránsito de vehículos dado que estos sencillamente no caben y punto. Sin embargo, pretende que se use este medio de transporte por las deterioradas ciclorrutas a las que tampoco ha hecho mantenimiento y que no ofrecen garantías de seguridad a quienes transitan por ellas en sus bicicletas. El panorama resulta tenebroso al ver el estudio de las ciclorrutas más peligrosas de la ciudad, es decir casi todas, y como ejemplo del peligro que corre un ciudadano por estas vías está el video del sujeto que con un “cuasimachete” pretendía como mínimo hurtar la bicicleta. Eso sin mencionar que los casos de extorsión, “secuestro exprés”, hurtos y homicidios están a la orden del día.

Algunos de estos delitos van de la mano de problemas sin solución, como los de espacio público, que permiten a estos delincuentes maniobrar con facilidad y usar como receptores de los elementos hurtados a algunos vendedores ambulantes que se prestan para estas fechorías. Los hurtos a partes de vehículos están íntimamente relacionados con el pésimo estado de la malla vial, puesto que en algunos casos los huecos son de tal proporción que se debe frenar para pasar por ellos y es allí donde actúan los delincuentes. 

La administración de Petro nos debe dejar algunas lecciones como ciudadanos: el voto no es por quien nos de dos o tres subsidios y regale prebendas para seguir votando por X o Y candidato. Debemos votar por programas de gobierno y exigir su ejecución para el mejoramiento de Bogotá en toda su extensión. De la mano de lo anterior, se deben generar programas sociales que no solo le den el pez a las personas, sino herramientas reales que abran las oportunidades de vida para que con estas aprendan a pescar.

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