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¿Estado ético: cuándo?

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Los deplorables hechos de corrupción y clara debilidad institucional presentes en todos los planos de la gestión pública, llaman a una reflexión seria, fundamentada e imparcial, que lleve a profundas movilizaciones y transformaciones, siendo útil el legado de José Luis López Aranguren de la Universidad Complutense de Madrid, que escribió el libro “Ética y Política” (1963) de total actualidad y enorme relevancia por la circunstancia que atravesamos.

A continuación resalto algunos fragmentos de esa fuente, que compaginan perfectamente con la coyuntura actual: “Desde Montesquieu se vio que la virtud (política) es el indispensable fundamento de la república o democracia que no puede existir sin un ethos (conducta) político que, en situaciones de máxima tensión, da lugar al pathos (persuasión) ético del citoyen (ciudadano renovado)”.

Necesitamos un Estado, “no simplemente de Derecho (gobernado por leyes), como el liberal, sino un Estado de Justicia, movido por la sed de Justicia como inquietud moral” donde “la ética política al uso parte de la idea, el arquetipo, del Estado ideal, y declara conforme a ella, cómo ha de ser la realidad”.

“Por encima de la oposición entre la realidad y la moralidad se da la síntesis de eticidad, que es justamente la moralidad no subjetiva e ideal, sino efectiva, realizada, real”; ahora en crisis, donde “la historia tiene siempre la razón y constituye el único tribunal que puede legítimamente condenar o absolver, así la eticidad transportada al plano transpersonal y fundida con el curso histórico, reabsorbe el deber ser en el ser y sobrepasa toda posible contradicción”.

De ahí la importancia del decir de Hegel “lo que debe ser es lo que va a ser”, matizado con reconocer “el kairós u oportunidad de una coyuntura y el de otros factores al parecer accidentales, que puede ser capital”, como ahora donde faltan “los juicios políticos que se proponen modificar actitudes políticas” nocivas.

El realismo político imperante vive de la doble moral donde “para ser eficaz se tiene que ser hipócrita y rendir tributo a la virtud”, por eso “para que haya verdadera democracia, debe producirse una auténtica conversión del hombre privado en público. Cada ciudadano ha de anteponer el interés del Estado a su interés particular; más aún, debe vivir, obrar y pensar, ante todo para la patria”.

Como decía Rousseau, “la primera y principal virtud del hombre, es la virtud política”, para la cual los ciudadanos “necesitan ser educados o formados mediante la pedagogía activa de discusiones abiertas y estimulados e incluso agitados por grupos sociales independientes del inmediato juego político; convocados a un trabajo de renovación más profundo”.

“La voluntad moral de la democracia se debilita y extingue con facilidad, porque al hombre le cansa la pesada carga de la libertad política y con frecuencia, hace entrega de ella a cambio del orden y seguridad de poder dedicarse tranquilamente a la vida privada, donde la desgana prolongada no es políticamente sana, porque la democracia es constitutivamente tensión moderada y equilibrio entre el engagement total y la no participación”.

Finalmente, la legitimidad es proporcional a la participación ciudadana, donde la democracia como sistema de comunicaciones, se forma bien con la debida extensión de la información política y la formación de la opinión pública, correctamente influenciada por élites políticas. Y aunque estamos lejos del Estado ético, podemos lograrlo con compromiso cívico.

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