La agobiante realidad tan llena de hipocresía, de la que no tengo duda estamos cansados y hasta la coronilla la mayoría de los colombianos de bien mantiene las garras al acecho para asirse de la mentira, sino la desvergüenza de la que hacen gala ciertas personas y movimientos, que parecen privilegiar sus intereses, sobre la ingente necesidad de los más desvalidos y necesitados, en este país plagado de tanta desigualdad e inequidad.

Al respecto, no vale la pena comentar ni entrar en detalle del siempre vil actuar del narcotráfico, el terrorismo de la mal llamada insurgencia, el contrabando y las mafias organizadas que pululan en diversos frentes, pero sí comenzar por desenmascarar el cinismo e insolencia de la dirigencia de las Farc, el principal verdugo de toda la nación durante las últimas cuatro décadas, que encubiertos bajo el prurito de la lucha en contra de las privilegiadas clases dominantes y la desidia de los partidos políticos tradicionales, desnaturalizaron e instrumentalizaron, la legítima reivindicación de los pobres y agobiados.

Lo anterior con el agravante del embuste que nos metieron con la negociación en la Habana, que no pretendió sino exaltar el narcisismo soberbio de quien vendió el interés nacional a cambio de un Nobel, y de suyo nos dejó, un proceso de paz imperfecto tras el cual se escudan los más deleznables y horrendos crímenes contra la humanidad y el Estado, sobre los que quien sabe si algún día habrá justicia y auténtica reparación, porque todo parece indicar que seguiremos tras el nefasto sendero de la negligencia, fuente y origen de los males y odios que han perpetrado y perpetúan nuestra guerra fratricida.

Claro ahora ese dizque movimiento político, que no tiene otro móvil distinto al de la patraña y mendacidad con la que se jactan y burlan de la ciudadanía, negando execrables actos criminales cometidos contra la niñez desamparada, las mujeres ultrajadas, las muertes olvidadas y tanto hecho abominable, para decir sin desparpajo alguno, ni pruebas fehacientes que son los culpables del magnicidio de Álvaro Gómez Hurtado, reconocido como error, pero también de sus afines Hernando Pizarro León-Gómez, Jesús Antonio Bejarano y José Fedor Rey alias Javier Delgado, pero igual probablemente los de Carlos Pizarro, Manuel Cepeda, Bernardo Jaramillo, Jaime Pardo y otros líderes de la extinta UP, por celos y envidias tan característicos entre ellos, ahora presentes en los crímenes de las disidencias, que usan la confrontación y enfrentamiento su mejor aliado ahora y siempre, en el actuar de unos y otros.

Por supuesto los asesinos paramilitares igual de sangrientos son corresponsables, pero también sus cómplices en mucha fechoría. Aparte está el descaro manifiesto no con desidia, pero sí en actos reprochables de la JEP como su lentitud o exonerar a Santrich, pero igual en el atrevido oportunismo de algunos políticos partidarios de Trump, que ahora exaltan al presidente electo Biden. No obstante, a pesar de todo, no podemos perder la esperanza que, con la caridad de la gente buena algún día las cosas van a cambiar.