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ANALISTAS 27/05/2026

¿Quién vota por los que no han nacido?

Fredy Vargas Lama
Director del Doctorado en Administración

Sebastián tiene ocho años y vive en Quibdó. Esta semana, 41 millones de colombianos van a decidir sobre su vida: qué país heredará, si habrá agua limpia, si podrá estudiar algo que valga la pena, si podrá construir lo que sueña sin que el miedo o la pobreza se lo impidan. Sebastián no vota. No tiene cédula, no tiene edad, no tiene derecho. Pero pagará las consecuencias de lo que elijamos. Y lo más inquietante no es eso: es que ni siquiera estamos pensando en él. Porque detrás de Sebastián vienen los colombianos que todavía no han nacido, los verdaderos herederos de las decisiones que tomamos hoy -y esos ni siquiera existen aún en nuestra conversación pública.

Colombia tiene 16 millones de personas menores de 15 años. Ninguna participó en los debates presidenciales.

El cerebro que tenemos

Esto no es solo un problema de mala voluntad política. Es, antes que nada, un problema de diseño cognitivo. La neurociencia documenta que los seres humanos desvalorizamos el futuro de forma radical, como demostró Richard Thaler: preferimos un beneficio pequeño hoy sobre uno mucho mayor mañana.

Daniel Kahneman lo llamó el dominio del Sistema 1, el piloto automático impulsivo que guía la mayoría de nuestras decisiones. En América Latina esa tendencia se vuelve además racional: cuando las instituciones son frágiles y los gobiernos no cumplen sus promesas, apostar por el largo plazo parece ingenuo.

Los políticos responden al mismo incentivo: un ciclo de 4 años es estructuralmente incompatible con horizontes de décadas. Se construye lo que se puede inaugurar. Lo que tarda 20 años en dar frutos queda para la próxima administración. Y así, desde hace generaciones.

Las cuatro deudas de Sebastián

Cuando pienso en lo que Sebastián necesitará en 2050, no pienso en promesas de campaña. Pienso en cuatro estructuras que ningún debate ha puesto en el centro con la urgencia que merecen.

- La primera es la seguridad como condición de ciudadanía: no el operativo policial, sino el derecho real a existir en el territorio, a movilizarse, a expresarse sin que eso cueste la vida. Quibdó -capital del departamento más biodiverso del hemisferio occidental y, al mismo tiempo, la ciudad con mayor pobreza monetaria de Colombia- es el símbolo más elocuente de lo que ocurre cuando ese derecho se suspende generación tras generación. No es herencia de un gobierno en particular: es la acumulación del cortoplacismo sistemático.

- La segunda es la alimentación y la salud: dos deudas de largo plazo disfrazadas de problemas de gestión cotidiana. Colombia tiene una crisis silenciosa de seguridad alimentaria que golpea con más fuerza a quien menos tiene, y un sistema de salud que ya hoy cruje bajo su propia fragmentación. El cuerpo de Sebastián -su capacidad de crecer, aprender y producir- depende de que alguien las resuelva antes de que él llegue a la edad de resolverlas por sí mismo.

- La tercera es la infraestructura de servicios básicos diseñada para el futuro: agua, energía, conectividad, vivienda. Planificados con criterios de largo plazo, son inversión. Gestionados ciclo a ciclo, son gasto que se repite sin acumularse nunca en bienestar real.

- La cuarta -y la más urgente- es la educación productiva: no la del siglo XX administrada en el siglo XXI, sino la que le permita a Sebastián participar genuinamente en la economía de su tiempo: crear empresas, innovar, competir en mercados globales. Jefferson escribió que toda persona tiene derecho a la búsqueda de la felicidad. Lo que no dijo -pero implicaba- es que esa búsqueda requiere condiciones reales. Un niño sin educación de calidad no busca su felicidad: sobrevive mientras otros la construyen.

El futuro que ya llegó

Los próximos 5 a 10 años traerán transformaciones sin precedente. La inteligencia artificial ya está modificando mercados laborales, modelos educativos y estructuras económicas a una velocidad que no tiene ciclo electoral. Las sociedades que no construyan las capacidades institucionales y humanas para navegar esa transición no serán gobernadas por sus ciudadanos: serán administradas por la inercia y por quienes sí pensaron con anticipación.

Lo que Sebastián nos va a preguntar

El filósofo William MacAskill preguntó: ¿qué le debemos al futuro? Su respuesta es incómoda: mucho más de lo que estamos dispuestos a reconocer.

Por eso este artículo es también un llamado. A los políticos: gobernar no es administrar el presente; es diseñar el país que Sebastián -y quienes vendrán después de él- tiene derecho a encontrar. Las decisiones sobre seguridad, alimentación, salud, servicios y educación no pueden seguir siendo las víctimas permanentes del ciclo electoral.

Y a nosotros, los ciudadanos: tenemos la responsabilidad de exigirles ese horizonte. De votar no solo con la memoria del pasado reciente, sino con la imaginación del futuro necesario.

Sebastián tendrá 32 años en 2050. No le importará quién ganó el domingo. Le importará si alguien, en algún momento, tuvo el coraje de pensar en él. Y en los que todavía ni siquiera han nacido.

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