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Reducir la pobreza no es la meta final

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Anuar nació dentro de una familia afrodescendiente del Caribe colombiano con ingresos mensuales cercanos a $1 millón. Él está por encima de la línea de pobreza -$212.000 al mes por persona-; sin embargo, no goza de igualdad de oportunidades. Para obtener los mismos logros profesionales que alguien de raza blanca y estrato seis, nacido en la capital, Anuar deberá enfrentar muchos más obstáculos: una cosa es pobreza y otra muy diferente es desigualdad.

Esto parece obvio, pero para muchos no es. El Gobierno dice que el país va muy bien ya que redujo la pobreza en 2% durante el último año. Esto nos hace creer que esa es la meta. ¡Ojo! No lo es. Una sociedad sin pobres podría tener una indeseable distribución del ingreso. Imagínese que en ella, 100 familias ricas controlan todo el capital y reasignan una parte para que el resto, que son millones, reciban $212.000 mensuales. 

La desigualdad tampoco se reduce al disminuir la tasa de pobreza multidimensional -que mide no solo el ingreso monetario, sino también el acceso a bienes básicos-. En Colombia, este indicador se redujo 2,9% entre 2013 y 2014; no obstante, durante el mismo periodo el índice de Gini se mantuvo en 0,53; uno de los más altos del mundo. 

Reducir la pobreza es un paso importante pero la meta final debe ser la igualdad de oportunidades. Es fundamental que Anuar tenga comida y un techo; pero más allá de eso, debe tener la posibilidad de fijarse un objetivo y de contar con todas las capacidades para lograrlo.

Esto difiere de la “igualdad de resultados”, la cual busca que todos gocemos de los mismos bienes finales sin importar el esfuerzo por conseguirlos; por ejemplo, si todos recibimos la misma renta cada mes. Acoger este ideal, de forma exclusiva, tal como lo profesa el comunismo, desconoce la naturaleza del ser humano quien busca que su trabajo sea un reflejo de esfuerzo y capacidad. 

Un modelo de justicia que ofrezca igualdad de oportunidades debe tener en cuenta tres elementos: agentes, obstáculos y metas; así, toda persona (agente) debe tener el mismo chance (mismos obstáculos) para llegar a un objetivo (meta) común. Ni más, ni menos.

Si la sociedad desea que Anuar tenga la misma oportunidad de ser Presidente que el niño de raza blanca nacido en Bogotá, lo justo es que afronten las mismas barreras. Ambos deberían tener el mismo nivel de educación y posibilidad de participar en política, entre otros. Es decir, las variables externas deberían ser iguales, pero el resultado dependerá de su libre albedrío.

Aunque parece utópico, Obama, afrodescendiente, criado por su madre y sin abolengo, pudo ser Presidente del país más poderoso del mundo. Aunque Estados Unidos no es el ideal a seguir, es más adelantado que Colombia.

Igualdad de oportunidades para ser Presidente es tan solo un ejemplo, pues el rango de posibles objetivos (metas) es amplio. Este va desde igualdad de bienestar, en la cual el único obstáculo aceptable es la decisión misma del individuo, hasta el otro extremo donde está la concepción “formal” que solo exige que las reglas, en papel, garanticen las oportunidades. El punto de este espectro en el cual nos queremos ubicar como sociedad debería guiar el debate.

Mientras esto se da, necesitamos una mirada más sentida a la redistribución del ingreso. No se trata solo de sacar a los ciudadanos de la pobreza, sino también de garantizar que si personas como Anuar sueñan con ser Presidente, gocen de las mismas oportunidades que cualquier otro colombiano para lograrlo. Hoy esto no es así.

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