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ANALISTAS 17/01/2026

Resiste Universidad, resiste

Felipe Jaramillo Vélez
PhD Filosofía
Felipe Jaramillo Vélez PhD Filosofía

Más que un cambio de calendario, el siglo XXI marcó una revolución digital que desmanteló nuestra arquitectura del “hacer”, transformando herramientas aisladas en ecosistemas que hoy dictan nuestra realidad. Esta inercia alcanzó su punto de máximo con la pandemia, un experimento forzado de supervivencia que filtró nuestra humanidad a través de un cristal líquido. Hoy, superada la crisis, habitamos un limbo existencial: una tensión permanente entre la condena a evolucionar con frenetismo y la seducción nostálgica de un mundo análogo que, ya no existirá.

A diferencia de otros sectores que se adaptaron con mayor fluidez a esta realidad, el cambio en la educación superior ha sido caótico y carente de una brújula clara. Las universidades parecen dar bandazos en un mar de incertidumbre, atrapadas entre dos fuerzas que imponen sus reglas: por un lado, estudiantes que demandan inmediatez y utilidad práctica; por otro, empresas que exigen habilidades técnicas ultraespecializadas para un mercado volátil.

Ante el fantasma -cada vez más real- de una crisis económica impulsada por una sobreoferta educativa, el declive de la natalidad y la globalización de la enseñanza digital, el número de matriculados ha caído drásticamente. Frente a este fenómeno, muchas universidades han decidido ceder a una burbuja que promete ser efímera. La estrategia ha sido simplificar: reducir currículos y eliminar materias de humanidades, artes y estética bajo la premisa de tener carreras más «atractivas» y cortas. Sin embargo, con este espejismo, lo que se está haciendo es una pauperización de la educación, sacrificando pensamiento crítico y formación integral en pos de rentabilidad inmediata.

Resulta un acto perverso normalizar un discurso que vende la promesa de una educación legítima a través de cursos breves, autogestionables y carentes de evaluaciones que certifiquen un progreso real. Es una verdad incómoda, pero ineludible: sin bases sólidas, disciplina y profundidad: la educación simplemente no existe.

Esta tendencia se alimenta de sofismas que prometen riqueza inmediata mediante el dominio superficial de inteligencias artificiales, el estrellato como influencer o la gloria deportiva, espejismos de éxito fácil con una estadística cruel: en estas actividades solo despunta uno entre un millón. Mientras tanto, el resto de los jóvenes quedan a mitad del camino, carentes de una formación robusta y cargando con la frustración de perseguir una quimera y no una verdadera estructura intelectual.

El papel de la universidad hoy radica en resistir con dignidad y firmeza este embate. La necesidad de una educación de calidad -que respete un camino lógico, estructurado y con los tiempos adecuados para la maduración del pensamiento- seguirá siendo un pilar insustituible para el cultivo de una sociedad equilibrada. La academia no debe ser una fábrica de “robots”, sino el espacio donde se proteja el bienestar común y el desarrollo integral del ser humano, esa deberá ser la verdadera búsqueda: formar ciudadanos capaces de sostener el mundo, no solo de consumirlo. Resistir es, preservar la profundidad frente a la inmediatez, atesorar los mejores maestros, atrayendo los mejores estudiantes, asegurando que el conocimiento siga siendo el motor de una humanidad con propósito.

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