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Analistas 28/10/2021

La furia de Zeus

Eric Tremolada
Dr. En Derecho Internacional y relaciones Int.

Prometeo y a los humanos, porque el primero -sin su permiso- les regaló el fuego, y los segundos aceptaron el regalo. Si quisiéramos hacer una analogía del mito con la investigación periodística revelada a comienzos de este mes, los países que apuestan por convertirse en centros financieros con un régimen tributario favorable a los no residentes, y que, soportados en un estricto secreto bancario, no comparten información, hacen las veces de Prometeo: les brindan como regalo un refugio a personas naturales y jurídicas para que la información de sus ingresos esté muy lejos de la posible observación del país donde tienen su residencia fiscal.

Sin embargo, muchos de los humanos que aparecieron en esta investigación internacional, no se limitaron a aceptar el regalo, estableciéndose en estos refugios con su respectivo nombre de persona natural o jurídica, sino que lo hicieron creando -con otro nombre- empresas offshore. En otras palabras, presidentes en ejercicio, exmandatarios, políticos, empresarios y celebridades no solo aprovechan la distancia que dificulta la observación y permite eludir impuestos mientras se conoce sus rentas, sino que usan -como cualquiera que lave dinero- compañías con otro nombre para ocultar su riqueza y no tributar.

Sin encontrar a Zeus, en el último quinquenio muchos comunicadores no dejan de analizar millones de documentos que se traducen en los Paradise papers, Panama papers, FinCen y LuxLeaks, y en esta ocasión, como autores de los Pandora papers, 600 reporteros del Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación, CIP, en 117 países, estudiaron los archivos de 14 empresas de servicios financieros especializadas en operaciones en paraísos fiscales y encontraron, ligados con cuentas offshore, a los que creíamos guardianes del interés general (líderes y funcionarios públicos), que en América Latina suman casi 100 políticos de 18 países.

Según el FMI, canalizar, desviar y/o esconder dinero en estos refugios se traduce, para el mundo, en una pérdida de unos US$600.000 millones en tributos y, por su parte, el CIP estima que el dinero escondido podría ser entre US$5,6 y US$32 billones.

Desde abril de 2016 venimos señalando que el ansia por acumular riqueza solo suma a la desigualdad, y en julio de 2017 decíamos que esta práctica perversa derruye el único instrumento de los Estados para reducirla, de ahí que insistiéramos en la necesidad de que la agenda internacional incluyera el debate de la justicia fiscal con el fin de recaudar más y de manera más justa. En junio pasado, resaltamos un primer paso en este sentido, el G7 + 1 decidió establecer un piso tributario mínimo global de 15% que limite los atractivos impositivos bajos y elimine la ventaja fiscal de trasladar las ganancias a paraísos fiscales.

No obstante, falta mucho sin un Zeus que desate su furia. De forma irónica, los guardianes del interés general y líderes mundiales, por un lado, hacen muy poco para frenar estas prácticas en las que muchos están incursos y, por el otro, favorecen internamente las vías regresivas, pues para evitar que las empresas nacionales o extranjeras afincadas no se lleven sus capitales y que otras surjan o se afinquen, relativizan impuestos y derechos.

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