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Petro el jaguar, último de los Aurelianos Buendías, ufano de no haber criado a ninguno de sus 17 hijos por andar liderando falsas y estériles revoluciones.
Abelardo el tigre, último de los José Arcadios Buendías, hace de Colombia su bar de Caterino y, con la mascarada de 1.000 tatuajes sobrepuestos y arrogante pose de hombre de mundo, hace valer el tamaño de sus genitales.
Dos personajes “italo-cordobeses” que, como therians, usan a dos astutos felinos que saben medrar en medio de contextos salvajes, ajenos a la civilidad.
Buscan inspirar miedo, no respeto.
Aman las manadas serviles. Desprecian las comunidades autónomas y empoderadas.
Representan el atávico machismo que capturó a Macondo, condenando a la patria a más de 100 años de soledad, en su intento de construir instituciones republicanas contra el contubernio pernicioso entre la corrupción y la violencia.
Han sido por igual interlocutores de paramilitares y guerrilleros; sus defensores políticos y jurídicos, y animadores mediáticos de diversas negociaciones que se han adelantado con esas bandas criminales.
¿Importa la ética a un jaguar y a un tigre, par de depredadores?
¿Puede importarles la sostenibilidad de instituciones civilizatorias a un par de personajes que aman los negocios y la caza de rentas sin reparar en la ilegalidad o legalidad de donde procedan esas rentas?
¿Qué puede importar a un par de machistas contumaces que la ética exija coherencia entre lo privado y lo público, si ese virtuosismo solo es exigible a las mujeres?
¿Por qué se van a desvelar el par de zoomorfos con las relaciones entre ética, derecho y política, si ambos, con su hipertestosteronizada libido autocrática, se creen punto final y última palabra en la deliberación democrática?
Si uno borra, el otro destripa.
Estos arquetipos representan el presente a transformar en un país como Colombia, que quiere ser escenario de libertad creativa, digna diversidad y solidaridad, superando el corcho en remolino macondiano de violencia, corrupción, machismo, arribismos y resentimientos, falsas revoluciones y patéticas expresiones reaccionarias.
Una Colombia que anhela ser comunidad de propósito como país y comunión de sentido como nación, renunciando a la fragmentación instrumental entre lo privado y lo público y evitando caer en las trampas del falso hiperindividualismo exitista y del miserable colectivismo asistencialista, debe neutralizar democráticamente el acecho del jaguar y del tigre con sus respectivas jaurías.
El jaguar Aureliano ofreció beneficios a mafiosos en la cárcel La Picota para acceder a la Presidencia en pro de un tal país de la vida y del amor. Observen los resultados.
El tigre José Arcadio ha propuesto perfumada justicia premial a narcotraficantes y corruptos para alcanzar un tal país milagro. Insospechadas serían las consecuencias. Tienen tonos mesiánicos, caudillistas y populistas. Gozan con los business y el propio style. En Cien años de soledad, Úrsula Iguarán, con valor civil y sentido de realidad, se opone a gestos de violencia por parte de su marido, hijos y nietos, y ejerce un telúrico sentido de la autoridad.
Por su parte, es Pilar Ternera quien tiene la gracia de leer el pasado, en tiempos de amnesia, y de profetizar el futuro en tiempos de complejidad. Mujeres que, entre otras del universo literario de García Márquez, motivaron al polémico Nobel a sentenciar que “lo único realmente nuevo que podría intentarse para salvar la humanidad en el siglo XXI es que las mujeres asuman el manejo del mundo”.
Colombia: pare bolas, eres parte del mundo.
Lejos de endiosar a Abelardo De la Espriella, es imposible desconocer la coherencia que hasta el momento demuestra con las que fueron sus promesas de campaña
Hace diez años, cuando nació Colombia Fintech, éramos 15 o 20 fintechs hablando entre nosotros. Hoy uno camina por los pasillos del Latam Fintech Market y se encuentra fondos de venture capital,