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ANALISTAS 16/05/2026

Un jaguar y un tigre acechan a Macondo

Petro el jaguar, último de los Aurelianos Buendías, ufano de no haber criado a ninguno de sus 17 hijos por andar liderando falsas y estériles revoluciones.

Abelardo el tigre, último de los José Arcadios Buendías, hace de Colombia su bar de Caterino y, con la mascarada de 1.000 tatuajes sobrepuestos y arrogante pose de hombre de mundo, hace valer el tamaño de sus genitales.

Dos personajes “italo-cordobeses” que, como therians, usan a dos astutos felinos que saben medrar en medio de contextos salvajes, ajenos a la civilidad.

Buscan inspirar miedo, no respeto.

Aman las manadas serviles. Desprecian las comunidades autónomas y empoderadas.
Representan el atávico machismo que capturó a Macondo, condenando a la patria a más de 100 años de soledad, en su intento de construir instituciones republicanas contra el contubernio pernicioso entre la corrupción y la violencia.

Han sido por igual interlocutores de paramilitares y guerrilleros; sus defensores políticos y jurídicos, y animadores mediáticos de diversas negociaciones que se han adelantado con esas bandas criminales.
¿Importa la ética a un jaguar y a un tigre, par de depredadores?

¿Puede importarles la sostenibilidad de instituciones civilizatorias a un par de personajes que aman los negocios y la caza de rentas sin reparar en la ilegalidad o legalidad de donde procedan esas rentas?
¿Qué puede importar a un par de machistas contumaces que la ética exija coherencia entre lo privado y lo público, si ese virtuosismo solo es exigible a las mujeres?

¿Por qué se van a desvelar el par de zoomorfos con las relaciones entre ética, derecho y política, si ambos, con su hipertestosteronizada libido autocrática, se creen punto final y última palabra en la deliberación democrática?

Si uno borra, el otro destripa.

Estos arquetipos representan el presente a transformar en un país como Colombia, que quiere ser escenario de libertad creativa, digna diversidad y solidaridad, superando el corcho en remolino macondiano de violencia, corrupción, machismo, arribismos y resentimientos, falsas revoluciones y patéticas expresiones reaccionarias.

Una Colombia que anhela ser comunidad de propósito como país y comunión de sentido como nación, renunciando a la fragmentación instrumental entre lo privado y lo público y evitando caer en las trampas del falso hiperindividualismo exitista y del miserable colectivismo asistencialista, debe neutralizar democráticamente el acecho del jaguar y del tigre con sus respectivas jaurías.

El jaguar Aureliano ofreció beneficios a mafiosos en la cárcel La Picota para acceder a la Presidencia en pro de un tal país de la vida y del amor. Observen los resultados.

El tigre José Arcadio ha propuesto perfumada justicia premial a narcotraficantes y corruptos para alcanzar un tal país milagro. Insospechadas serían las consecuencias. Tienen tonos mesiánicos, caudillistas y populistas. Gozan con los business y el propio style. En Cien años de soledad, Úrsula Iguarán, con valor civil y sentido de realidad, se opone a gestos de violencia por parte de su marido, hijos y nietos, y ejerce un telúrico sentido de la autoridad.

Por su parte, es Pilar Ternera quien tiene la gracia de leer el pasado, en tiempos de amnesia, y de profetizar el futuro en tiempos de complejidad. Mujeres que, entre otras del universo literario de García Márquez, motivaron al polémico Nobel a sentenciar que “lo único realmente nuevo que podría intentarse para salvar la humanidad en el siglo XXI es que las mujeres asuman el manejo del mundo”.
Colombia: pare bolas, eres parte del mundo.

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