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Analistas 08/05/2026

Negociación colectiva como instrumento de la transición energética justa

Edwin Palma Egea
Ministro de Minas y Energía
Edwin Palma

No hay empleo digno en un planeta inviable. Por eso, el futuro del trabajo decente está profundamente conectado con la transición energética.

Durante un siglo creímos que negociar colectivamente era discutir el salario, la jornada y las prestaciones. Esa concepción se quedó corta. Incorporar la transición energética como contenido propio de la negociación colectiva no es desviarse del interés obrero, es ampliarlo a la altura del siglo XXI. De ella dependen el empleo, la salud, la seguridad y la viabilidad misma del trabajo en las próximas décadas; dejarla fuera de la mesa equivale a renunciar a decidir sobre el futuro mismo del trabajo.

Podemos equivocarnos en algunas predicciones, pero es claro que desde hace una década el mundo del trabajo y el de la energía transitan caminos que el sindicalismo debe recorrer. Durante la pandemia, muchos contenidos de la negociación colectiva a nivel empresarial se renovaron y modernizaron. La transición energética nos obliga ahora a repensar el futuro del trabajo decente. Sin embargo, parte del sindicalismo parece ajeno a estos fenómenos y permanece estático.

Las guerras e invasiones más recientes están redefiniendo el panorama energético mundial. Solo quienes tengan la capacidad de anticiparse y adaptarse sobrevivirán. Lo mismo ocurrirá con el trabajo. La transición energética y tecnológica no se detendrá, ni tampoco sus impactos sobre el mundo laboral. Los sindicatos no pueden permanecer quietos ante esta realidad.

Los contenidos sindicales deben modernizarse y adaptarse a las situaciones actuales. Todavía veo pliegos de peticiones que conservan aspiraciones como auxilios de gafas o carteleras sindicales, en un mundo donde las transformaciones tecnológicas, sociales y laborales deberían empujarnos hacia otras prioridades. El mundo del trabajo ya no es el del siglo XX.

Si en los contenidos no hemos avanzado, mucho menos en las formas. Ver a un sindicato defender la agenda de las empresas extractivas evoca a los luditas del siglo XIX que destruían las máquinas industriales para conservar los puestos de los artesanos. Esa postura termina por alinearlos con Trump, el presidente que defendió «perforar, perforar y perforar», en un mundo que se transforma aceleradamente y que reclama, además, una transición energética rápida para preservar al máximo la vida en el planeta.

Este Gobierno es un gran aliado de los trabajadores y comprende las transformaciones globales. Por eso se atrevió a proponer un modelo de negociación colectiva que va más allá de lo tradicional. Es un modelo moderno, respaldado por la Ocde y la Oit, que amplía las formas de negociación y permite a los sindicatos con visión mejorar su cobertura, sus ingresos y, en consecuencia, su independencia, a la vez que reduce las desigualdades sociales y laborales. Habilita también plantear temas que hasta ahora quedaban fuera de la conversación laboral a nivel de empresa, como la transición energética y la transición laboral.

Como los conservadores y la derecha suelen rechazar la conversación, el diálogo y la democracia, ya anunciaron con orgullo que han demandado la norma. Quieren quedarse en el siglo XX. No han comprendido que el modelo económico que defienden se volvió inviable frente a las crisis climáticas, económicas y energéticas de los últimos años.

Se equivocan los dirigentes sindicales que creen que una agenda extractivista pura y dura los incluirá. Sacarán el petróleo y el carbón con ellos, sin ellos o contra ellos, como ha ocurrido históóricamente, incluso dejando muerte a su paso, según lo enseña el «sindicalicidio» que ha padecido nuestro país. La transición energética no es enemiga de los trabajadores, sino su mejor aliada para multiplicar los empleos decentes.

Desde el Gobierno, con el liderazgo del ministro Antonio Sanguino, sacamos adelante una reforma laboral, ampliamos la negociación colectiva y la extensión de cuotas sindicales, y esperamos regular el cierre minero y limitar la tercerización. Pero solo un sindicalismo sociopolítico entiende que la unidad de los trabajadores del sector, en ejercicio de ese «poder legislativo» que les confiere el derecho constitucional a la negociación colectiva, les permitirá definir las condiciones en que se transitará de la economía extractiva a la economía del futuro. «Quien supera la crisis se supera a sí mismo sin quedar superado», dijo Einstein.

El sindicalismo ensimismado y corporativo perecerá por su propia inercia. Y sin sindicalismo no hay democracia. Todos los demócratas debemos interesarnos en la adaptación de los sindicatos al nuevo mundo que emerge con la transición energética, la inteligencia artificial y el fin del neoliberalismo.

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