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Dejar hablar el sufrimiento es el principio de toda verdad

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La reflexión anterior, transcrita como título, es de autoría del filósofo judío Theodor Adorno. Está plasmada en su libro Dialéctica negativa, y en ella enjuicia las limitaciones propias de la Ilustración que pasó de proyecto de liberación humana a campos de exterminio de los criminales nazis. Su crítica radical está en que la razón moderna puede construir monstruos, como lo expresara Goya en una de sus pinturas.

Este es el pensamiento que acude a mi presencia cuando observo cómo se está desarrollando el debate presidencial que comenzó. Las élites políticas, como ha sido costumbre en las últimas seis décadas, hablan entre sí, de cómo se van a repartir el poder político para que todo cambie, pero todo permanece igual. Se ofenden, se insultan y sus proyectos no toman en cuenta el sufrimiento que padece la sociedad, en especial, los más débiles.

La política post-moderna, ante el fracaso del proyecto moderno, debe tenerlo en cuenta, en especial el sufrimiento de las víctimas de un conflicto armado como el nuestro. 

Diseñar una política para los más débiles tiene que partir de escucharlos. De hecho, cuando se les escucha con atención y respeto es que se puede identificar, con claridad, lo que necesitan.

Saber escuchar es lo que permite construir una política estatal que sirva para superar el conflicto armado y la extrema desigualdad que sufre la mayoría de las víctimas de la guerra. Al escuchar el sufrimiento, uno puede identificar con facilidad que el problema central del conflicto no es sólo su superación, que se da por descontado, su bienvenida y urgencia, sino que se requiere para la superación real del conflicto armado y para  construir las condiciones que han hecho posible la paz, eliminar las causas que lo generaron. Terminar los enfrentamientos es ya un imperativo ético y político, pero hay que superar las condiciones que lo crearon. Es aquí, en este escenario, en el que uno con facilidad escucha el sufrimiento y logra captar lo que piden para brindar soluciones.

En las regiones periféricas y no periféricas, lo primero que uno escucha es que el Estado es distante y que se requiere su presencia. Identifican que la primera exclusión que sufre la población es el marginamiento de la política y la administración de la cosa pública. Escucha uno que los políticos se han transformado en una élite separada de la comunidad. La gente pide autogobierno regional y local.

La petición de participación política real y efectiva es el pan de cada día. Esto implica el rediseño de todas las instituciones para que la comunidad política pueda participar en la adopción de sus propias decisiones. Siente uno que la comunidad percibe que la política ha sido secuestrada por los políticos de profesión. Liberar la política es la exigencia de la comunidad y para esto se requiere de reforma constitucional.

La gente expresa que desde lo alto, desde la cúpula de la política y del poder público, no se pueden encontrar las soluciones a sus problemas. Necesitan experimentar que solamente la comunidad política desde las regiones y lo local pueden superar la exclusión y la violencia. La insatisfacción de la comunidad política no es escuchada desde lo alto del presidencialismo y el centralismo.

Ya la Región Caribe puso un grito de exigencia de libertad política con el Voto Caribe. En San Andrés, Providencia y Santa Catalina, con justicia, identifican como parte del problema que sufren, ser excluidos por el presidencialismo y el centralismo andino. Estos no han aprendido nada de la separación de Panamá. 

Sin libertad política no puede existir democracia. La democracia es representación de todos.

La democracia es autogobierno. Es capacidad de decidir lo de cada uno con la participación de cada uno. La patria se siente como propia cuando todos decidimos los asuntos de cada uno. El centralismo y el presidencialismo actual excluyen a los ciudadanos de las regiones periféricas del manejo de sus propios asuntos. El centralismo y el presidencialismo son el problema, no la solución.  

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