Analistas

¡Buenos días, libertad!

El 24 de enero de 1958, Gabriel García Márquez publicó un artículo en el periódico “Momento” de Caracas que tituló ¡Buenos días, libertad!, allí respaldó la conquista de la nación venezolana que, mediante manifestaciones, destruyó la dictadura de Marcos Pérez Jiménez. Al día siguiente, en el mismo diario, escribió: “El pueblo en la calle”; en ambos textos exaltó la tenacidad de los venezolanos para decir “no más” a la tiranía. 

La ciudadanía venezolana tiene una experiencia extraordinaria en la lucha por la democracia y las libertades. Sus conquistas datan desde la época de la Independencia en el siglo XIX y cuando estas se han perdido, las recuperan. En esta materia, valiente la cuna de Bolívar y Sucre.

En la actualidad, nuevamente el pueblo venezolano sale, en masa, a la calle para derrotar un gobierno tiránico y así recuperar libertades como la de los encarcelados por persecución política. Un régimen político que no escucha está aislado de la nación y saldrá del poder sí o sí. El pueblo se resiste valientemente en contra de la opresión, es su derecho.

La resistencia a la opresión no es un derecho cualquiera: es un derecho humano. Desde las primeras declaraciones de derechos como la norteamericana y la francesa en el siglo XVIII, resistir se convierte en una facultad fundamental para la sociedad civil. En la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, resistirse a la opresión y luchar contra la tiranía es un derecho inalienable de todos. 

Es evidente en esta declaración -que hace parte de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela-  que la resistencia a la opresión es uno de los derechos humanos básicos en los que descansa la arquitectura del Estado Social y Democrático de Derecho. 

Resistirse a la opresión, por ser un derecho humano, no puede ser aplastado, limitado o coaccionado por gobierno alguno. La respuesta de la tiranía está por fuera del derecho, más si se usa la violencia ilegítima.

El pueblo venezolano recobrará la libertad política que le fue arrebatada por este gobierno y, recuperada esta, retornarán todos los derechos que le han sido disminuidos. Ni siquiera el derecho humano a morir dignamente tiene hoy el venezolano porque el régimen lo ha sometido a una condición inhumana al privarlo de alimentación, medicinas, asistencia social, salarios de calidad, en fin, a vivir bien.

El pueblo venezolano derrotará la tiranía. No obstante, la soledad de nuestros hermanos, hoy, es dramática. Ellos necesitan, en forma inaplazable, toda la solidaridad de las repúblicas democráticas del mundo, en especial, de las naciones del continente americano y más específicamente a los herederos de los liberados por Bolívar y Sucre. Los colombianos tenemos una deuda histórica con Bolívar y Sucre y esta es una buena oportunidad para saldarla.

En otras palabras, la indiferencia no puede ser la política de las sociedades democráticas. Menos la de nuestra república. Los venezolanos en la lucha por la recuperación de su dignidad obtendrán el triunfo, esto no se puede dudar, pero no es suficiente con el apoyo moral, hay que ofrecerlo con pasión y desprendimiento. Se requiere de otro tipo de respaldos: el político estatal es necesario y, por tanto, nuestra política interna y externa tiene que ponerse al servicio de la causa de los derechos humanos de los hermanos venezolanos que, en un pasado reciente, nos dieron la mano cuando aquí tuvimos dificultades socioeconómicas y muchos colombianos fueron a tocar sus puertas y se las abrieron.