Analistas

Un impredecible 2017

Imposible negar la preocupación por la congestión de la agenda nacional con la variedad de temas que confluyen en un año de difícil pronóstico, incluso para los más optimistas.  El proceso electoral se inició desde finales del año pasado y copará el 2017 con todas sus consecuencias. Los precios muestran un comportamiento especulativo preocupante, al alza, por los efectos de la inflación registrada el año que termina, del ajuste del salario mínimo y de una reforma tributaria, tan indispensable como inoportuna. 

A los 5,75% de inflación, del año anterior, se suma el débil crecimiento de la economía que seguramente no pasará del 1,8%, con un preocupante déficit fiscal, que debe superar el 4% del PIB, muy por encima del cumplimiento de la regla fiscal. Todo indica que las exportaciones no se recuperarán en el corto plazo; que la cartera de difícil cobro comienza a crecer, con excepción de la hipotecaria, y que la demanda seguirá decreciendo ante los efectos de la reforma tributaria, particularmente del IVA, que sin lugar a dudas va a castigar a los sectores medio y bajo de la población.

Comparto las preocupaciones de quienes miran con moderado optimismo la desaceleración de la economía en este ciclo. El Gobierno tendrá que emplearse a fondo, haciendo austeridad, recortando gastos improductivos, controlando la nómina paralela y tratando de mantener las inversiones que impidan un fenómeno recesivo de impredecibles consecuencias en un año sometido a las mas contradictorias exigencias por el tema de la paz, por las expectativas creadas alrededor de la OCDE y por el margen escaso de acción para mantener o recuperar la confianza de las calificadoras de riesgo que nos tienen en capilla y que, de cumplir sus anuncios, nos arrojarían al foso de los acreedores internacionales dificultando la obtención de créditos baratos que indefectiblemente necesitaremos. 

Pero los economistas cada día tienen mas claro que no es posible superar o manejar los problemas económicos si no hay un manejo adecuado de propuestas políticas.  Con la crisis europea, ha quedado al descubierto que la ortodoxia económica ha sido incapaz de dar respuesta a los problemas de la Unión, que no previó la creación de órganos políticos con capacidad de decisión sobre los temas macroeconómicos que  permitieran ofrecer salidas, particularmente a los países más débiles. Acá, del mismo modo, la ecuación no admite incógnitas indefinidas; la política en Colombia, tiene hoy por hoy copado los primeros lugares de la agenda y la filigrana está en el manejo de economía sin subordinarla a los propósitos claros u ocultos del Gobierno y de los sectores que tienen intereses en el juego de las definiciones electorales.

Como si el anterior panorama no fuera lo suficientemente complejo, la polarización, que en mi concepto no es mala ni buena, se ahonda con las recriminaciones por los escándalos de corrupción que pareciera tienen fatigada la opinión nacional. 

Todo esto nos hace pensar que puede sobrevenir una agitación social de difícil pronóstico. Los partidos, no creo que puedan superar la prueba pues es franco y claro su desprestigio. El Gobierno está con el sol en las espaldas y su imagen se deteriora en proporción inversa al prestigio que tiene internacionalmente. La opción más clara la pueden tener nuevos dirigentes y nuevas organizaciones sociales que pueden beneficiarse con el cúmulo de desaciertos de nuestra actual dirigencia; y en ese camino no se descarta que, pese al desprestigio de que han hecho gala, los grupos de insurgentes, en vía de reinserción ciudadana, puedan jugar un papel importante en este proceso.

Hay un clima de incertidumbre alimentado por factores externos como el fenómeno Trump y el Brexit, que no favorece la inversión nacional y extranjera, y un fantasma de confrontación que obliga a la prudencia para no caer en la recesión económica o en la improvisación política, léase populismo, que serían los peores escenarios de este impredecible 2017.