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Turbulencia y mermelada

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Hace unos días comentamos la incertidumbre que acecha nuestra economía, pese a los buenos augurios por la recuperación de los precios del petróleo que, al superar los US$80 el barril, dieron un mensaje de tranquilidad al Gobierno, que procedió a disponer de $14 billones, supuestamente recortados al pago de intereses de la deuda, para cubrir el faltante elevado caprichosamente, por Minhacienda, a $25 billones, cifra que se convirtió en el ariete contra la administración Santos.

Analistas como Eduardo Sarmiento y Salomón Kalmanovitz se suman a los que no creen que el Gobierno esté haciendo lo debido, aplazando las señales que el país y la comunidad internacional reclaman. Hace unos días el Fondo Monetario Internacional dejó entrever su optimismo sobre el inmediato futuro al proyectar el crecimiento del PIB a 2,8% para el presente año; sin embargo, a los pocos días Christine Legarde, que sigue tratando de frenar el Trumpismo, dijo que los riesgos en los países, en especial los emergentes, eran consecuencia “del necesario y legítimo ajuste monetario”.

El Fondo cree que el ajuste económico y el reordenamiento fiscal siguen siendo tareas pendientes e inaplazables para mantener la estabilidad, pero se corre el riesgo de generar incertidumbre. Es paradójico, pero los cambios estructurales deben darse, al borde de la crisis, para fomentar la productividad, que es la única salida para mejorar y mantener las condiciones de crecimiento duradero, estable y sostenible.

Nada fácil la tarea, pues las políticas públicas no pueden dar la espalda a los avances sociales. Se impone una agenda de revisión de cargas impositivas para equilibrar gastos e inversiones, procurando distribuir la carga de impuestos de manera progresiva.  Lo grave es que nada de eso se está haciendo y la reorientación de la economía mundial comienza a generar preocupantes turbulencias. La semana termina con fuertes sacudones en el mercado accionario mundial y todo indica que la guerra comercial entre las grandes potencias ya comenzó.

Las autoridades nuestras, en materia económica, deben clarificar las reglas de juego y dedicarse a lo importante que es precisamente lo que no se ha hecho. La reforma tributaria, la reforma pensional y la clarificación del tema tierras, en el marco de los acuerdos de paz, son prioridades inaplazables.

Al margen de lo fundamental, sigue la política torpedeando el buen juicio del Presidente. Es preocupante la interferencia del partido de Gobierno y su jefe, imponiendo nombres y enunciando políticas que generan desconcierto. Pese a las opiniones en contrario, seguimos viendo un Minhacienda “tocado” por un debate que sigue pesando en la opinión. Nadie entiende el afán de nombrar a Claudia Ortiz o el nombramiento de Julio César Aldana, jefe uribista, versión corregida y mejorada del uso de la puerta giratoria, en una Entidad como el Invima que controla más de 12.000 medicamentos, alrededor de 50.000 productos y que avala la aplicación de tratamientos médicos. Aldana, que ya pasó por esa posición, tuvo que aceptar, como empresario, que el Ministerio de Salud, en cabeza de Alejandro Gaviria, le pusiera fin al cobro millonario de terapias sin ningún respaldo científico.

Igualmente, preocupa el conflicto de intereses de Aldana, más conocido en Barranquilla como político y hombre de negocios, dedicado a distribuir y comercializar productos farmacéuticos y a prestar servicios médicos personalizados.

La mermelada no se ha terminado; solamente cambió el frasco y la etiqueta.

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