Analistas

¿Pierde respaldo el proceso de la habana?

Hace mucho tiempo el país no estaba tan urgido de encontrar motivos de optimismo para enfrentar los retos que tiene en el corto plazo. Desafortunadamente no podemos coincidir con el Gobierno en los cantos de sirena con los que pretende atrapar la opinión que oye pero no cree.

Al preocupante déficit en cuenta corriente que está llegando a los 16.000 millones de dólares; a la inflación, que al haber alcanzado 7,5%, avanza hacia niveles superiores, pues nada indica que cambie de tendencia en el corto plazo; y a la devaluación de nuestro peso que bordea 40% en el último año, se suman ahora los resultados de empleo, del Dane, que acusan la desaceleración de la economía, dando un salto sorprendente de 4,6%, en los últimos dos meses, indicando que la construcción y la industria, sectores generosos en la creación de empleo, no están dando los resultados que el Gobierno ha anunciado.

En aras de la objetividad y para no aparecer solamente como agoreros de infortunios, registramos los aspavientos del Dane con las cifras de disminución de la pobreza que, si bien es cierto, muestran cifras favorables como que 700.000 personas salieron de ese estado entre 2014 y 2015, sigue siendo preocupante su fragilidad para regresar a su estado anterior, dadas las condiciones de empleo informal y las políticas sociales del Gobierno que pueden verse afectadas por los recortes a los cuales está abocado el gasto público. Además, dejo constancia que son preocupantes las cifras del Dane, basadas en la metodología de la medición monetaria, cuando muestran que la gente sale de la pobreza al recibir más de $223.638, lo que no significa un avance extraordinario en la calidad de vida y en la promoción social. De otra parte, nadie entiende, y es francamente inaceptable, que frente a la escasez de noticias positivas en el orden económico, el Dane toque a rebato porque el índice de Gini pasó de 0.538 a 0.522 con una variación de 0.016 que bien poco significa en la lucha contra uno de los factores más preocupantes de nuestra realidad social y económica que, como todos los economistas lo señalan, constituye una de las grandes barreras en el camino del desarrollo.

En el campo político, los enredos de la negociación en la isla de Fidel, la última encuesta de Gallup, la amenaza de apagón y la detención del hermano del expresidente Uribe, agregan, al ya inquietante panorama, más ingredientes para alimentar el pesimismo de los colombianos, que como lo manifesté en un principio, hacía mucho rato no estaban realmente urgidos de signos positivos en el horizonte.

Frente al bombardeo de noticias contradictorias, que se estrellan contra la realidad, como la de los costos de la justicia del posconflicto que supera los $2 billones y la espada de Damocles que representa la tan anunciada reforma tributaria, amen de las arriba enunciadas, la opinión ha entrado en un estado de franco escepticismo como lo revelan los últimos sondeos de opinión. El respaldo al Gobierno en el tema de la paz ha ido languideciendo, a tal punto que la aprobación del presidente Santos anda en 24%, y avanza preocupantemente el número de colombianos que están dispuestos a votar negativamente un eventual plebiscito por la paz.

En ese orden de ideas, Santos y sus despistados e ilusos Ministros, tan preocupados por sus candidaturas presidenciales, deben revisar la estrategia de la Habana, que no solamente adolece de problemas de comunicación, sino que está seriamente cuestionada. De acuerdo al giro de los acontecimientos, insistir tozudamente en la fórmula del plebiscito, podría acarrear una histórica derrota, que se ve posible, si la opinión resuelve utilizarlo para castigar al Gobierno, aun corriendo el riesgo de colocar el proceso de paz en entredicho. Si el descontento crece, la clase política amontonada en la Unidad Nacional, sería un “bocatto di cardinale” para pasarle cuenta de cobro a Santos y a su Gobierno. No lo deseamos, pero es una posibilidad que cada día crece.