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Puede ser un título demasiado agorero y tremendista, pero la realidad es que, desde la llegada al poder de la primera potencia mundial, hace poco más de un año, de un autócrata déspota, matón, a la par que iletrado, errático e imprevisible, cada vez me asalta más a menudo la idea de que lo planteado anteriormente no es una fantasía acunada en mi imaginación.
Diversas causas fueron el detonante de los dos conflictos bélicos más sangrientos del siglo XX. En 1914, el asesinato del archiduque Francisco Fernando de Austria en Sarajevo fue la chispa que prendió la mecha de la Primera Guerra Mundial. Sin embargo, desde años atrás ya estaban presentes una serie de conflictos que, para estallar, solo necesitaban una simple excusa, como fue el mencionado magnicidio: el imperialismo y la rivalidad colonial en África y Asia entre Alemania y Francia/Reino Unido; el nacionalismo exacerbado —principalmente en los países pangermánicos—; la tensión entre Austria-Hungría y Alemania, que junto con Italia formaban la Triple Alianza, enfrentada a la Triple Entente de Francia, Reino Unido y Rusia; el alarde de militarismo mostrado por ingleses y alemanes, o el polvorín en el que se habían convertido los Balcanes tras la decadencia del Imperio otomano, que llegó a estar a las puertas de Viena, fueron, entre otros, los motivos que llevaron a la Gran Guerra.
En 1939, la ocupación alemana de Polonia fue el detonante del conflicto. Pero, desde el incumplimiento por parte de Alemania del Acuerdo de Múnich —donde Hitler se comprometía a frenar sus ansias expansionistas limitándolas a la anexión de los Sudetes y que luego extendió a toda Checoslovaquia—, ya era más que evidente que otro conflicto armado a gran escala iba a estallar. La paz de París de 1919, sellada en el Tratado de Versalles, donde la Alemania derrotada era humillada junto a sus aliados, dio lugar al auge de los totalitarismos: el nazismo en Alemania, el fascismo en Italia y el militarismo en Japón. A esto se sumaron el colapso económico tras la Gran Depresión de 1929; la ineficacia de la Sociedad de Naciones, creada para mantener la paz, y lo que los alemanes llamaron el Lebensraum, que no era otra cosa que llevar a la práctica sus ansias expansionistas conquistando territorios donde hubiera algún tipo de cultura o raíces germánicas. Todo ello fue el caldo de cultivo perfecto para que estallara la Segunda Guerra Mundial.
Ahora, el bombardeo de Irán por parte de Israel y EE.UU., por causas que algunos imaginamos pero que ninguno de los dos países ha sido capaz de explicar de manera consistente y sin caer en contradicciones, podría ser —según pasan los días— esa chispa que desencadenara un tercer conflicto mundial en poco más de un siglo.
Al igual que en conflictos anteriores, las causas subyacentes detrás de esta escalada militar pueden ser diversas: económicas —control de reservas petrolíferas, de gas y de las denominadas tierras raras que otorguen ventaja competitiva a EE.UU. frente a su gran rival, China—; geopolíticas —ansias expansionistas o control, en la sombra o explícito, de determinados países o territorios apoyando gobiernos afines a cualquiera de las dos mayores potencias mundiales—; el intento de represión y control taxativo de los movimientos migratorios, aduciendo razones de todo tipo y generando enfrentamientos entre pueblos, razas o religiones; o el dominio de la carrera tecnológica, ahora multiplicada exponencialmente por la inteligencia artificial, que llevaría a un nuevo estadio en las relaciones laborales, sociales y personales, y al control de unas potencias sobre otras.
Si a todo lo anterior sumamos el irrespeto, por parte de lo que se supone es la primera democracia del mundo —encarnada personalmente en su presidente—, a la legalidad internacional y a las determinaciones tomadas dentro del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, unido a sus ansias de exhibir un narcisismo desmedido, la situación resulta extremadamente delicada. La zozobra deja entonces de ser propia de personas exageradas o fatalistas.
Hasta ahora, los conflictos armados desarrollados en los últimos meses o años tenían un ámbito relativamente local, pese a su mayor o menor trascendencia internacional: Ucrania/Rusia, Siria, Afganistán/Pakistán, Venezuela… Sin embargo, en este caso, en apenas una semana, los bombardeos sobre territorio iraní han provocado la respuesta de su gobierno teocrático, que ha lanzado drones y misiles no solo contra Israel, sino también contra intereses norteamericanos en la zona y contra infraestructuras energéticas en la península arábiga, además de edificios civiles. El conflicto se ha extendido a más de una decena de países, incluyendo una base británica en Chipre y, lo más grave, ciertas zonas de Turquía, miembro pleno de la Otan. Esto ya son palabras mayores.
Nadie cuestiona la absoluta violación de los derechos humanos, el irrespeto y la cosificación de las mujeres, las purgas cometidas por el gobierno de los ayatolás y la financiación de grupos terroristas en su guerra santa contra el infiel desde hace casi cuarenta años. Mi duda es si, con estos bombardeos —y sin una ocupación terrestre—, vaya a producirse un cambio de gobierno que, pese a las múltiples manifestaciones en su contra, dentro y fuera de sus fronteras, todavía mantiene un importante apoyo popular.
A esto hay que añadir que estamos hablando de una potencia nuclear, armamentística y petrolera, proveedora de Rusia y China que, si bien por el momento solo han manifestado su rechazo a los bombardeos y han propuesto volver a la mesa de negociación en la que se encontraban al inicio de las hostilidades, nadie puede asegurar que no intensifiquen movimientos expansionistas o de control político sobre Ucrania, en el caso de Rusia, o sobre Taiwán, en el caso de China.
Llegado el caso, no es tan descabellado plantear algunas preguntas: ¿EE.UU. podrá reclamar a dichas potencias que desistan de sus intereses expansionistas tras su ataque a Irán? ¿O este nuevo altercado es un paso más en el reparto “orquestado” del mundo entre las tres grandes potencias? ¿Quién le ha dado al presidente de EE.UU. el derecho a erigirse en guardián del mundo de la mano de su más que interesado aliado israelí? ¿Tiene alguna facultad para situarse por encima de la ley y actuar impunemente sin tener en cuenta lo acordado por el Consejo de Seguridad de la ONU, del que forma parte, e incluso del Congreso de su propio país? ¿Tendrá el valor de actuar contra otros regímenes tan abyectos como el chino o el ruso o, en esos casos, su capa de Superman se quedará guardada en el armario de su residencia de Mar-a-Lago?
Creo que realmente estamos en un momento muy delicado y peligroso que podría llevar a que el orden —o el desorden— mundial en el que vivimos salte por los aires, con consecuencias imprevisibles y, en cualquier caso, muy peligrosas para la estabilidad geopolítica, económica y social del planeta.
Hay ciertos comportamientos que, si bien ocurridos hace muchos años y ajustados ahora a la situación actual, se asemejan a los acontecidos en las dos grandes contiendas del siglo pasado. Ya vimos y sufrimos sus consecuencias. Espero que esta vez no volvamos a tropezar con la misma piedra, aunque no las tengo todas conmigo.
Hay que leer para aprender, leer para recordar y leer para comprender. No es una destreza automática; es un diálogo que se cultiva en aulas y salones de lectura, donde los niños racionalizan lo que ven y leen
Nuestra invitación es clara: crecer con disciplina, incluir con responsabilidad y gobernar con verdad. Porque lo verdaderamente popular es respetar al pueblo diciéndole la verdad