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Cada semana, un nuevo anuncio en redes sociales declara extinta una profesión. Esta semana es el médico; la anterior fue el mando medio; la próxima será el contador o el abogado. El formato es siempre el mismo: una cifra reciente, una analogía histórica dramática y un diagnóstico inapelable. La estructura retórica es impecable y, en Colombia, muy rentable. Detrás de ese teatro de certezas se esconde un sesgo que la academia lleva años advirtiendo: la trampa de Turing.
El término lo acuñó Erik Brynjolfsson en 2022. Su argumento es incómodo: cada vez que enmarcamos la inteligencia artificial como sustitución del humano, en lugar de aumentación, empobrecemos las soluciones posibles. Una IA diseñada para reemplazar al médico promedio y otra diseñada para elevarlo a médico excelente son tecnologías distintas, con modelos de negocio y distribuciones de ingresos diferentes.
Hay tres precisiones que conviene hacer a los profetas de la obsolescencia. La primera es la distinción entre tarea y profesión. La automatización no opera sobre las profesiones en su conjunto, sino sobre las tareas o fases de estas. Cuando un modelo de lenguaje iguala al médico promedio en un examen de opción múltiple, no está reemplazando al médico: está automatizando una tarea. El médico sigue siendo diagnóstico, pero también relación de confianza, lectura del contexto familiar, responsabilidad jurídica y comunicación de la incertidumbre. Frey y Osborne cometieron ese error en 2013 al pronosticar que 47% de los empleos desaparecería en dos décadas. La Ocde lo corrigió tres años después a 9%, y aun así la mayoría de esas ocupaciones sigue en pie.
La segunda precisión es la distinción entre la capacidad técnica y la implementación organizacional. Polanyi advirtió que toda transformación tecnológica también es institucional. Que una IA pueda redactar un contrato, diagnosticar una lesión o coordinar un equipo no significa que lo hará mañana. Entre la demostración y la adopción median regulaciones, contratos, cultura, datos limpios y confianza. Quienes predican la inminencia suelen ser quienes no han implementado nada a escala.
La tercera se refiere a los costos sociales de la narrativa. Declarar la desaparición de profesiones no describe un hecho: empuja el debate en una dirección específica. Les dice a los estudiantes que estudiar medicina, administración o derecho es anacrónico; a los profesionales de carrera media, que su experiencia no vale; y a los directivos, que el camino pasa por reducir personal antes de rediseñar procesos y pensar en innovación. Hace poco asistí a una junta directiva en la que el contador, apoyado en IA, resolvió un problema que llevaba meses costándonos millones. El contador sigue ahí; solo que ahora lo hace cada vez mejor.
Los columnistas, académicos y creadores de contenido que en Colombia asumimos la tarea de explicar estos temas tenemos una responsabilidad por delante: distinguir entre la tarea y la profesión, entre la demostración y la adopción, entre el pronóstico y el deseo. No es un detalle académico menor; es la diferencia entre ayudar al país a adaptarse y formarse con criterio o asustarlo para vender cursos. Aquí la ética juega un papel fundamental. No debemos creer todo lo que vemos ni todo lo que leemos: el juicio crítico sigue siendo una de las mayores fortalezas del ser humano.
Yo creo que muchos colombianos estamos como yo: mamados de los políticos de siempre, viviendo las consecuencias, por demás negativas, de una falta de liderazgo fuerte, coherente y consecuente
En 2018 había llegado su momento. Era el hombre indicado en el momento indicado. Mejor hubiera sido Vargas Lleras. Él estuvo en ese momento a la altura de las circunstancias, pero su país, quizás, no