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Obsesiva persecución de la diferencia

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Si algo muestra con claridad la fractura del país, es que la economía marcha en sentido diametralmente opuesto a la política, de cara a las elecciones parlamentarias, pues mientras Gobierno y empresarios miran hacia Davos y hacia la Ocde, buscando entreverarse entre los países más desarrollados del planeta, los políticos, de espaldas al país, están concentrados en elegir y hacerse elegir como en cualquier república bananera. Produce hilaridad la recomendación que hace la Andi, por su ingenuidad, para que los empresarios serios del país tomen las debidas precauciones al financiar candidaturas al Congreso. Es de todos conocido el submundo oscuro de las elecciones parlamentarias donde sin plata no hay paraíso, y donde rueda a chorros el dinero que produce la corrupción de la contratación pública. El CNE es un convalidador necesario sin dientes y sin autoridad moral para frenar la avalancha que no respeta topes éticos o económicos. Conozco el monstruo por dentro y me duele el carnaval que presencia el país, adormecido, atolondrado o cómplice, y desafortunadamente insensible e impotente.

De otra parte, preocupa la posición que empresarios, medios y generadores de opinión asumen frente a la inconformidad social con el statu quo. Flaco servicio le hacen al país tratando de ignorar la realidad. Gústenos o no, amplios sectores buscan expresiones políticas por fuera de la tradición y por fuera de los partidos. Ponerles una campana neumática, en nada contribuye al debate y niega la posibilidad de enriquecerlo con propuestas diferentes y novedosas.

La primera vuelta de la elección presidencial es el escenario ideal para que todas las expresiones políticas se sometan al escrutinio de la opinión colombiana, y es la oportunidad para hacer la verdadera encuesta que nos dirá sin ambages hacia dónde se inclina la voluntad de los electores.

Las alternativas son claras: que dos de los candidatos, llamados de derecha, lleguen a la segunda vuelta, y estaríamos en el peor de lo mundos; o que dos candidatos lleguen a la segunda vuelta, con tesis diferentes y argumentos distintos, para establecer la diferencia e incluir en la contienda de las definiciones a la mayoría de los colombianos.

Es erróneo creer que todo va bien. El Foro Económico Mundial destaca como factores negativos de nuestro avance social y económico: la enorme desigualdad que registra el índice de Gini, la pobreza, la fragilidad del ahorro y el preocupante crecimiento de la deuda pública. El país tiene mejores perspectivas con el respiro que nos da el precio del petróleo, pero no puede volver a caer en el error de creerse un país petrolero. Todo el mundo, incluido Davos, espera los resultados electorales para saber qué piensa el nuevo Gobierno en temas cruciales como el déficit de la cuenta corriente, la debilidad del crecimiento industrial, el déficit fiscal y las necesidades inaplazables de recursos nuevos y frescos de origen diferente al crediticio y al tributario. La olla está raspada y según Fedesarrollo el posconflicto vale $130 billones. El reto es sanar las fracturas sociales.

En resumen, no creo que los sectores influyentes de nuestra economía deban seguirles la corriente a ciertos observadores miopes de la realidad nacional.

Derrotar expresiones diferentes, estigmatizadas como de izquierda, no puede ser una obsesión; el debate debe ser incluyente, para excluir del lenguaje la violencia y las propuestas fáciles que proponen tratar las diferencias como temas de policía o asuntos de terroristas.

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