Nos venezolanizamos

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Se venezolanizó la agenda y los problemas internos, que no son pocos ni de poca monta, pasan a segundo plano. Hay un clima de agitación social y de incertidumbre por los nubarrones que produce la violencia contra actores sociales, la reaparición de ataques a poblaciones y el sabotaje a oleoductos de parte del ELN y de otros actores armados. Preocupa, en ese ambiente, la formulación de políticas que lejos de calmar las aguas incrementan la zozobra. Revivir la red de informantes, así sea disfrazando sus objetivos, y estimular la entrega de armas a los civiles, no ayuda a construir la paz; mucho menos cuando hay un ambiente de desconfianza en el proceso de cumplimiento de los acuerdos de La Habana con las Farc, pendiente ahora de la suerte que corra en la Presidencia de la República la ley estatutaria de la JEP.

Tampoco parece conveniente hoy, aplazar las reformas pensional, laboral, de salud y de justicia, que son urgentes y que no tienen ambiente propicio en el Congreso, no solo por la negativa al uso de la mermelada, lo cual aplaude el país, sino por la comprobada incapacidad de los ministros en el manejo de las relaciones con el Congreso.

La Ley de Financiamiento, muestra una discutible utilidad por sus efectos en el mediano plazo, y es hasta ahora, la única propuesta del Gobierno para enfrentar los problemas de sostenibilidad fiscal. El déficit en cuenta corriente que atenta contra la demanda sigue, sin que aparezcan por parte alguna iniciativas para el despegue de la industria que conjure nuestra dependencia absoluta de la política minera.

El Plan Nacional de Desarrollo, “Pacto por Colombia – Pacto por la Equidad”, no ha acertado en su presentación, pues la sola afirmación de atribuir al Gobierno Uribe discutibles avances en la derrota de la ilegalidad y la violencia, genera y agita innecesariamente un debate en el que muchos colombianos tenemos una percepción diferente. El desmonte de Planeación Nacional como ente responsable del presupuesto en la aplicación de las políticas públicas y el recorte de los subsidios en el sector eléctrico, para solo nombrar dos propuestas, generan dudas sobre los verdaderos alcances del PND.

Las nuevas tendencias del comercio internacional, la regionalización y la intención de desglobalizar la economía para mirar hacia adentro que impuso nuestro nuevo mejor amigo, Donald Trump, obligan impulsar nuevos proyectos productivos agrícolas e industriales, y estamos en mora de hacerlo.

La venezolanización, entonces, lejos de enviar señales positivas nos está metiendo en un callejón sin salida. El Gobierno ha ido demasiado lejos y se equivoca en seguir alimentando el fantasma Maduro, que tan buenos réditos le produjo en la campaña presidencial, pero que ahora nos tiene al borde de una crisis de proporciones insospechadas, en medio de intereses geopolíticos y económicos ajenos, con un socio indescifrable que no produce ninguna confianza. Nos faltó diplomacia y nos sobró torpeza o ingenuidad. Trump, como se vio en la visita del presidente Duque, ni afirma, ni niega, ni se compromete. Tiene líos en Siria, Irak y Libia y no sabe cómo salir de Afganistán. No necesita restearse contra Maduro. Si logra mejorar su posición interna, apostándole al muro de la infamia con Méjico, nos vamos a quedar solos, frente a un dictador que tiene ganas de todo, menos de irse.

¿No será hora de enfriar la cabeza y de no seguir gobernando con el espejo retrovisor, tratando de volver trizas al Nobel de Paz, para satisfacer intereses subalternos?

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