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Durante décadas, hablar del Metro de Bogotá era un ejercicio de escepticismo y debates técnicos y políticos que se quedaban atrapados en los planos que alimentaban la narrativa de una ciudad rezagada en su infraestructura y especialmente en su sistema de transporte masivo.
Sin embargo, después de casi 84 años de que el alcalde Carlos Sanz de Santamaría, en 1942, hablara de la necesidad de un metro para Bogotá y de un sinnúmero de proyectos que diferentes alcaldes habían buscado sacar adelante, el paisaje urbano de la capital ha dejado de ser el escenario de las promesas para convertirse en el de los hechos tangibles.
Ver el viaducto de la primera línea levantarse de manera irreversible sobre la avenida Caracas y la avenida Primero de Mayo, así como los avances en la estructuración y adjudicación de la línea número dos subterránea, marcan un hito histórico. Para quienes habitamos y sentimos esta ciudad, verla avanzar genera una profunda alegría y orgullo; pero, sobre todo, nos impone una urgencia y un deber inaplazable: generar una cultura de cuidado y apropiación para activar a partir de ahora el #ModoMetro.
Con posterioridad a la realización del Censo Nacional de Población y Vivienda de 2018, la Alcaldía Mayor de Bogotá y la Secretaría Distrital de Planeación suscribieron un convenio de cooperación técnica con el Dane con el objetivo específico de estructurar las proyecciones demográficas de la capital.
Bajo este marco demográfico, y según estas proyecciones, para 2026 Bogotá cuenta con 8,1 millones de personas, de las cuales 52,1% corresponde a mujeres y 47,9% restante a hombres. En una ciudad donde se realizan 12,7 millones de viajes diarios, de los cuales 50,1% son en transporte público (TransMilenio, alimentadores, buses y taxis) y el 25,1% a pie y en bicicleta, el metro llegará para complementar e integrarse con los otros medios del sistema masivo de transporte.
Con 23,9 km, el Metro de Bogotá contará con una de las primeras líneas más extensas del continente, por encima de ciudades como Quito (22 km), Panamá (21 km), São Paulo (20,4 km), Santiago de Chile (19,3 km), Ciudad de México (18,8 km), Río de Janeiro (16 km), Santo Domingo (14,5 km) y Buenos Aires (9,4 km).
La primera línea contará con 16 estaciones, de las cuales 10 tendrán conexión directa con TransMilenio; adicionalmente, se construirán 19 kilómetros de ciclorrutas y se adecuarán alrededor de 10.000 biciparqueaderos en las estaciones. Las obras, que iniciaron en 2021 en el patio taller de la localidad de Bosa, tendrán la capacidad para alojar hasta 60 trenes (la línea uno contará con 30) de 145 metros de largo por 2,90 metros de ancho, cada uno de los cuales tendrá entre seis vagones y una capacidad de 1.800 pasajeros.

Conectarán el sur y el norte en solo 27 minutos, con una velocidad media de 43 km/h. Bogotá ganará 1,4 millones de metros cuadrados de espacio público, entre renovado y generado, incluyendo andenes, separadores, plazoletas, ciclorrutas y vías.
Más que un mapa: equidad y acceso en la ciudad
Con corte al 31 de mayo de 2026 se registra un avance de 78,69%. Este mes fue uno de los más significativos para el proyecto con el inicio de las pruebas oficiales de los trenes sobre el viaducto, a la vista de la ciudadanía, que marcó también el lanzamiento de la estrategia #BogotáModoMetro para fomentar la cultura y el cuidado del nuevo sistema.
Este hito visual se respalda con realidades contundentes: más de 15 kilómetros de viaducto construidos, 6.700 metros de vía férrea instalados y obras permanentes en estaciones y espacio público a lo largo de los 24 kilómetros de trazado. Por otra parte, el pasado 23 de junio el alcalde de Bogotá, Carlos Fernando Galán, firmó un decreto que implementa la estrategia “Ondas Metropolitanas” en la Línea uno del Metro, una estrategia urbana que amplía el espacio peatonal para conectar mejor el transporte público con la ciudad.
En paralelo, el sistema de Metro avanza a paso firme con la estructuración de su Línea dos. Este trazado de 15,5 kilómetros, definido bajo rigurosos estudios de alternativas y prefactibilidad que ponderaron impactos ambientales, financieros, constructivos y de riesgos, empleará tecnología de vanguardia mediante la tuneladora EPBM (Earth Pressure Balance Machine) a profundidades de entre 25 y 35 metros.
El proyecto saldará una deuda histórica de conectividad para más de 2,5 millones de habitantes de Chapinero, Barrios Unidos, Engativá y Suba, conectando la Calle 72 con Fontanar del Río en solo 20 minutos. Esta línea, completamente automatizada, comenzará operación comercial con 25 trenes (capacidad de 1.800 pasajeros por tren) y una capacidad máxima de 49.000 pasajeros por hora en cada sentido.
Su diseño contempla 10 estaciones subterráneas y una elevada que se integrarán con el SITP, cinco troncales de TransMilenio y la conexión de su estación uno con la 16 de la primera línea. Se logrará, además, un impacto importante en sostenibilidad: la reducción de 87.000 toneladas de CO₂ en su primer año de operación.
Sin embargo, el verdadero éxito de este robusto mapa de túneles y viaductos no se medirá únicamente en toneladas de cemento o en eficiencias de tiempo, sino en nuestra madurez colectiva para protegerlo. El sistema que hoy se levanta no puede quedar expuesto a la misma vulnerabilidad sistémica que ha sufrido TransMilenio durante coyunturas de alteración del orden público en el pasado; en ninguna circunstancia podemos permitir que la legítima protesta social sea instrumentalizada por vías de hecho que destruyan lo que a la ciudad le costó conseguir tras 84 años de frustraciones fiscales y políticas. Destruir el transporte masivo es atentar contra el patrimonio común y contra el día a día de millones de ciudadanos.
Su cuidado debe ser un consenso cívico inamovible, entendiendo que esta infraestructura no le pertenece a un gobierno de turno, sino a la esencia misma de una Bogotá que históricamente ha sido una ciudad de oportunidades.
En el contexto de las dinámicas migratorias, tanto internas como de países vecinos, la capital se ha transformado en una ciudad-refugio que les ha permitido a millones de colombianos edificar sus proyectos de vida, acceder a educación, conseguir empleo formal y estructurar sus familias. Por ende, la condición de ser bogotano ya no depende del azar del nacimiento, sino de la decisión consciente de progresar en este territorio.
Por esta razón, es imperativo que como ciudadanos cuidemos y defendamos nuestro metro. Los sistemas de transporte masivo más exitosos, como los de Singapur, Tokio, Hong Kong, Quito o Medellín, no logran el orden y la limpieza simplemente invirtiendo en escobas y guardias. Diversas disciplinas, desde las behavioral science hasta el diseño urbano, demuestran que el secreto está en diseñar el entorno para influir en la conducta humana.
Los metros más limpios y ordenados del mundo logran el éxito combinando infraestructura impecable y psicología urbana. Su estrategia se basa en limpiar en tiempo real para que el desorden no llame al desorden (Teoría de las Ventanas Rotas), diseñar estaciones con iluminación y materiales de alta calidad para que el usuario las cuide como su propio hogar y colocar botes de basura estratégicos y llamativos para facilitar las buenas acciones (nudging). Finalmente, el factor clave es la corresponsabilidad: educar a la comunidad antes de inaugurar las obras para que sientan el sistema como propio, logrando que los mismos ciudadanos cuiden y defiendan el espacio público.
Esto último implica un pacto cívico en el día a día como el que en su momento impulsó Antanas Mockus con el concepto de cultura ciudadana. La eficiencia del sistema dependerá de nuestra capacidad para adoptar hábitos esenciales: no consumir alimentos dentro de los trenes para mantener la pulcritud, evitar la música a alto volumen respetando el entorno del otro, impedir la apropiación indebida del espacio público generado, prohibir el consumo de sustancias psicoactivas y mantener la empatía al ceder la silla a niños, gestantes y adultos mayores.
Estas prácticas cotidianas darán vida a una verdadera cultura ciudadana, transformando la infraestructura en un espacio de convivencia ejemplar. Solo así garantizaremos que el Metro sea, de verdad, el activo más valioso y sostenible para la movilidad de todos los bogotanos.
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